Redacción MX Político.- La memoria es una tía necia, las más de las veces quedada. Quedada como Penélope —la de Serrat, no la de Ulises, sentada en la estación con sus zapatitos de tacón y su vestido de domingo, esperando, antes que de los sauces caigan las hojas, a su amante fiel.

Pero el fiel y olvidadizo amante está perdido sin remedio en un sueño.

Nada afecta más a la función cerebral de la memoria que el sueño. No la borra, pero la confunde y extravía en un estado alterno que revuelve los recuerdos confusa y caprichosamente sobre una “base de parecidos fluctuantes”. De su resultado —caprichoso y confuso— construyeron los pueblos primitivos sus mitologias, nos dice Nietzsche.

Pero no solo en aquellos salvajes primaba el mito por sobre el recuerdo. No es un problema de época, pues. Hoy muchos hombres tienden al olvido. Algunos hasta viven en y de él.

Pero no hablamos de un vacío por olvido, sino de su substitución. El amante de Penelope —la tía memoria— le es infiel con un sueño.

El sueño desplaza la memoria e impone su lógica, imperio y mito. Luego entonces, no es el vacío que deja el olvido lo que priva, sino el sueño que desplaza y enajena memoria y razón.

Al burlar la memoria, el sueño revuelve eventos, reconoce incorrectamente, asocia sin significado, deduce con error. A veces, cuando en vigilia recordamos lo soñado, nos espanta la locura que hay en nosotros. Locura tan angustiante que preferimos seguir soñando antes que aceptarla.

Locura que suele gozar de una fe más incondicional que la realidad misma. Borracheras oníricas llevaron a pueblos primigenios hasta la alienación, como Agamenón sacrificando a su hija Ifigenia en el altar a cambio de calmar la furia de las olas y surcar a destruir Troya por los deslices de la casquivana y bella Helena, y como Moctezuma, viendo en las barbas de Cortez el espejo negro negro de Tezcatlipoca, el final del Quinto Sol y el regreso de Quetzacoatl.

La historia de la humanidad está ensangrentada por quimeras soñadas, más que por causas reales. No es que éstas no existan, pero precisamente por reales ofrecen dinámicas de procesamiento racionales y, por ende, difíciles de explicar, de comprender y de seguir en su densidad.

Por el contrario, el papel de villano favorito, de “eje del mal” está siempre al alcance de cualquier alienado soñador y puede darlo a cualquiera en el reparto, sin parlamento a desarrollar, ni —pleonástica— actuación activa que representar. Su trabajo, paradójicamente, es ser el blanco de todo mal y toda locura, al tiempo de impersonar a todo mal y toda locura.

En el sueño el espíritu más frío, objetivo y prudente es engañado: cree ciegamente lo que sueña.

El problema es cuando en vigilia lo sigue creyendo, cuando el sueño pesa más que la verdad y la memoria; cuando el sueño se le acomoda más para explicar, comprender y soportar la vida. El sueño, pues como fuga inconscientemente buscada.

En el sueño toda hipótesis es por sí misma demostrada, no requiere de grandes esfuerzos, ni de comprobaciones racionales; no demanda deliberación, ni admite la contradicción propia de todo circuito plural. Halla su explicación fantástica, fácil e inobjetablemente.

“En este sentido, el sueño es un descanso del cerebro, que durante el día debe hacer frente a las exigencias más severas del pensamiento que una cultura superior impone” (Nietzsche). El sueño carece de controles de calidad, de racionalidad y lógica, permite mezclar e intercambiar, vertiginosa y simultáneamente, tiempos, eventos, personajes, colores, sabores, sonidos y sensaciones incluso en sucesión invertida.

El sueño no exige rigor alguno. En él todo se acomoda sin el contraste propio del vivir.

Así como el resentimiento trae a presente —por asociación—un sentimiento negativo pasado; la resonancia revuelve —cual mazo de barajas— recuerdos, sensaciones y estados de ánimo en la memoria. Despierta “algos” dentro de nosotros y los asocia indiscriminadamente con pensamientos, miedos, estados anímicos, sensaciones y recuerdos con sus propias y complejas contradicciones en una unidad, totalmente hermética, comprensible e inimpugnable.

Los sueños, además, son por naturaleza impunes, luego entonces, irresponsables, pero en un sentido inverso: su impunidad no es consecuencia negativa de una responsabilidad, sino su causa. Ambas, impunidad e irresponsabilidad, propias de una “conciencia tranquila”; más no por casta, cuanto por desequilibrada.

Hay en el sueño, finalmente, la supresión entre lo interior y exterior. No sólo se desconecta y burla la memoria, sino que lo interior y exterior se confunden sin frontera; lo soñado es real; el mito, objetividad; lo deseado, conquista. Hay en los hechos —por el sueño— una renuncia al mismo entendimiento.

La verdad es que la tía memoria, ante el sueño vacila; ya por cansancio, ya por delirio, ya por remordimiento o culpa, ya por mentira, interés y hasta por avieso y trastornado propósito. Sentada y olvidada prefiere esperar, en la estación con sus zapatitos de tacón y su vestido de domingo, a una verdad extraviada en sueños.

La pregunta es si atestiguamos una Cuarta Transformación o un mojado sueño de cuarta.

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