Su discurso ha sido una trampa discursiva completa… permanente.

Da por hecho que hubo una ‘transformación’ súbita desde su arribo al poder de manera fáctica, el 2 de julio de 2018 hasta el día de hoy… y que nadie tiene derecho ni atina siquiera a comprobar lo contrario.

Su palabra es axiomática; no requiere comprobación alguna… según él y según ellos.

Y es tan grandilocuente además, por lo menos en sus pretensiones, que sostiene sin pudor alguno que su “transformación” es del tamaño de las otras tres que le antecedieron a la sociedad mexicana: la Independencia, la Reforma y la Revolución… se equipara, él solo, sin recato ni pena alguna, a los grandes próceres de nuestra historia patria.

Sí… probablemente estemos ante un caso clínico, de salud mental pues.

Sostiene orondo que hay una inmensa cultura política en el ‘pueblo’ bueno y sabio; en la calle… cultura y conciencia sociológica e histórica superior a la de la clase intelectual incluso; lo que le da la autoridad moral para reprimir en un proceso ahora a la inversa de lo que sucedía en el pasado… humillando a intelectuales que no comparten sus ideas y que lo critican en el sano ejercicio de la libertad de expresión consagrada en los artículos 6 y 7 constitucionales.

Así sucedió este domingo con su detractora y villana favorita Denise Dresser, a quien “corrió” de la plancha del Zócalo capitalino por conducto de esbirros que recitaban como merolicos, consignas contra la también politóloga y pasajes muy bien contenidos en construcciones lingüísticas producto de la divulgación ideológica de la ya añeja y acomplejada ‘izquierda’ mundial, confraternizada y “encadenada” a lo largo del planeta.

“¡No te quieras colgar de este movimiento… no es tu lucha… siempre fuiste ideóloga de Televisa, de la derecha (como si necesariamente fueran la misma cosa)… no quieras venir a legitimarte!”, le espetaban con esa rabia propia del odio, de la polarización sembrada por este presidente y su movimiento.

Así entonces, la periodista fue echada de un lugar público como la Plaza de la Constitución y fue impedida en su derecho humano a dar cobertura al evento, en clara contravención de su libre manifestación y publicación de las ideas, además que que acompañaba a madres de desaparecidos… que también son pueblo y merecen ser escuchadas y atendidas.

Pero no; en la era de Andrés Manuel y los morenistas radicales, hasta las causas sociales tienen “dueño”; no solo los lugares públicos como el zócalo, sino las causas sociales y cívicas más sublimes, ahora son sólo de “su izquierda” y de sus movimientos afines.

Según el criterio de estos “intérpretes torcidos” de la moral política progresista, los ciudadanos sin membrete y ajenos a los movimientos de “grilla y relumbrón político”… los que no tienen tiempo para andar de “huelepedos” en marchas y mítines; los que tienen que trabajar a diario… simplemente no tienen derecho a manifestarse pública o cívicamente.

Se ha adueñado incluso el famoso Andrés Manuel, de la patente de todo lo “liberal” y lo “progresista”… sin que nadie hasta el momento, ni de la oposición siquiera, lo haya puesto en su lugar corrigiéndolo: según él y su discurso repetitivo y tramposo de todas las mañanas, quien no esté de su lado, es un “derechista” o “neoliberal”, como si necesariamente significaran también estrictamente lo mismo ambos conceptos… “neoporfiristas” les ha llamado a la vez, en una situación que ha pasado de lo divertido al hartazgo ya, definitivamente.

Pero hay un tema en el que ciertamente, AMLO y su gente le están dando una apabullante lección a sendos partidos, poseedores de historia y auténtico linaje ideológico a lo largo del tiempo, como es el caso del PRI.

Le están enseñando a valorar funciones realmente neurálgicas del trabajo territorial de todo instituto político:

-La capacitación e identificación política (institucional) de militantes;

-La formación, detección e impulso de cuadros con liderazgo genuino;

-Y el rescate de las formalidades institucionales para la interrelación entre militantes y cuadros, durante el despliegue territorial, porque todo cuenta; hay que tener atenciones con la militancia, no abandonarlos, no perderlos de vista. Una atención, una gestión, una deferencia cuenta en la memoria de la gente. No necesariamente esto implica un alto costo.

En esto Morena, el partido del presidente, ha avanzado enormidades; el PAN nunca ha descuidado estos rubros, pues sigue siendo un instituto político en toda la extensión de la palabra; donde las prebendas de ley procedentes del INE se manejan escrupulosamente.

Pero en el PRI, las cosas no han sido así en los últimos tiempos. En las funciones de despliegue territorial, afiliación y movilización, en el PRI de los estados y las regiones (de la CDMX ni hablar pues es nula aun su presencia) han puesto al frente de los comités directivos (estatales o municipales) a auténticos “hampones” llegados de otros estados incluso, con las únicas credenciales de ser los enlaces con el “narco” y de ser en pocas palabras los garantes de esa línea de “efectivo” y en términos generales, de ser los magos materializadores del truco de “convertir esas fotografías de Diego Rivera y Sor Juana repartidas entre la población… en votos a favor el día de la elección”, sea como sea… y para los fines que sean.

Ciertamente Morena lo hace y de forma tan o más burda que el PRI… incluso el PAN ha recurrido a eso también.

Sin embargo no han descuidado las líneas de formación política aquí señaladas, lo que les garantiza contar siempre con una reserva moral de militantes y cuadros leales y con convicción. Reserva que ya no tiene el PRI o si la conserva, está a punto de extinguirse.

El PRI de los últimos meses ha nombrado a cada “individuo” al frente de la función de la promoción del voto y de la capacitación política en los estados, que bien merecida tiene esta “tunda” que le ha puesto en todos estos 4 años Morena, el partido del presidente… el partido oficial.

Y también, ha impulsado a cada candidato y ha desechado del mismo modo a cuadros por demás valiosos… que en el “pecado está llevando la penitencia”.

Cierta ocasión discutí con un “proyecto del PRI”, de esos cuadros “madurados a producto de gallina”, como los aguacates… un “chamaco” al que querían hacer gobernador a la de ‘a chaleco’, aún cuando no era capaz de articular una sola idea al hablar frente al público y menos de plasmarla por escrito… lo habían impulsado porque el papá fue dirigente priísta en un estado y si mal no recuerdo también era pelotero y “tiraba muy buena curva”; ¡no pues guau!, como dicen los chavos… con eso tenemos para que saque adelante al estado.

En un arrebato, luego de comentarle el suscrito algo importante, me espetó: “¡La política se hace con dinero hombre… nada importa, ni la actitud de los que están arriba con los de abajo ni la forma en que gobiernas; esto es negocio y en todo obra un interés de por medio… y punto!”…

-“¡Ah, ándale pues!”, solo atiné a decir… y aquí están los resultados; el proyecto del muchacho no cuajó … y quien sabe si se consolide algún día.

Ciertamente, aquí le lleva ventaja Morena al PRI y al resto de los partidos. En el respeto y la atención a su militancia.

Aunque Morena se propone eliminar al PRI… y quizá lo pueda lograr; es de hecho un acto previsible en los próximos tiempos el cambio de razón social de ese instituto político.

Lo que es totalmente reprochable, abominable, se reitera, es que pretenda preservar la “cultura priísta”, sobre todo la alusiva a sus peores vicios, como el utilitarismo, la simulación y el cinismo político para encubrir y fomentar la corrupción de sus miembros.

Jamás podrá Morena estar por encima de ningún partido y tampoco estar a la altura de la realidad política nacional, al pretender fundirse con lo peor del PRI y dar cabida a sus peores tránsfugas.

El partido del presidente no cuenta con autoridad moral para pedir el voto de la gente, después de las burdas maniobras denunciadas en los procesos electorales de 2021, donde contó en todo momento y de forma deliberada, con el apoyo de operadores de la delincuencia organizada; eso fue público y notorio.

Andrés Manuel, el presidente emanado del mismo, no cuenta con la autoridad moral suficiente tampoco, para pedir con honestidad ese voto… ni para seguir gobernando.

Los recientes hechos, en que por un lado, la Sedena fue “hackeada” en una cantidad de datos almacenados equivalentes a los 6 terabytes, hace suponer que los últimos meses que le quedan de mandato, serán un auténtico suplicio para él como titular del Poder Ejecutivo y sus seguidores, pues hay material para que sus detractores y opositores “hagan leña” con él cada semana, en que puede escogerse de entre varios hechos, posiblemente constitutivos de responsabilidad administrativa o hasta penal, inclusive, por parte de integrantes de su staff.

Y por otro lado, el libro denominado “El Rey del Cash”, a punto de ser sacado a la luz pública, promete ser un auténtico escándalo con consecuencias mayúsculas, dadas las denuncias que se hacen de antemano por la autora y la prologuista, de corrupción y sobre todo… falta de honestidad de parte del presidente y de su grupo compacto en el poder.

En ambos casos, hay un elemento derivado común: López Obrador mintió… ha mentido de forma reiterada. Es, a la manera de la descripción que hace el Maestro Francisco Rodríguez, en su interesante columna Índice Político de este lunes 3 de octubre,… “un mentiroso contumaz”.

Por sus mentiras, ahora vemos que endémicas y colosales, ha perdido el presidente cualquier autoridad moral –si es que la tuvo en algún momento- para echar del Zócalo y de una marcha cívica pública, a una periodista como Denise Dresser; no tiene autoridad moral para dividirnos a los mexicanos en un proceso de polarización interminable; no tiene autoridad moral, para descalificarnos a los que pensanmos diferente a él, ni para llamarnos conservadores o neoliberales, sin serlo; no tiene autoridad para ostentarse como la mayoría y presumir de que su movimiento es mayoritario cuando ya todos sabemos que no lo es, dado el desánimo cada vez más rampante entre la población; no tiene autoridad moral López Obrador, para llamarnos al sacrificio económico a los mexicanos ante una inminente inflación y posible crisis a nivel internacional, mientras él y los suyos, disfrutan y han disfrutado a través disfrutado inmisericordemente a lo largo del tiempo, de los placeres y los privilegios del “Cash”; no tiene AMLO autoridad moral para tratar de influir en empresas periodísticas y de comunicación masiva, para obligar o pedir el despido o el fin de contrato de ningún profesional de la comunicación, en “aras de buscar la verdad”, cuando la verdad, es un concepto que en su caso… no la conoce; no tiene autoridad moral López Obrador, para reprender a nadie y menos a un gobernado, cumplido con sus obligaciones fiscales y cívicas, por los pensamientos que anida en su mente. Ha llegado este hombre investido de autoridad -y de sin razón- a reprocharle a todos aquellos que son intolerantes con ese concepto llamado ‘tolerancia´, que es tan relativo y debatible, pues sí se puede tener derecho a la intolerancia en algún momento de la vida. Pretende este individuo, reprocharle a todo aquel que anide pensamientos en contra del clasismo, al que equipara con el racismo, aun cuando no haya conductas antisociales o delictuosas del “pensador”. Está exigiendo, de algún modo durante sus soliloquios mañaneros, que toda la población mexicana sin excepciones, se desgarre las vestiduras y se corte las venas, ante actos -y pensamientos- que simpaticen con el “clasismo” y con el “racismo”… y se está metiendo en “camisa de once varas” el tabasqueño, porque una cosa es pensar -y cada individuo es libre de anidar el pensamiento que quiera– y otra muy diferente es actuar. Mientras no se actúa en contra de lo establecido por la Ley Suprema y las leyes que de ella emanen… no hay nada qué reprocharle a ningún individuo.

Además, ¿por qué habríamos de creerle cuando dice que él y su gobierno no son iguales a los anteriores, ante tanta mentira diseminada en sus 4 años de gobierno y desde siempre?

Y finalmente… se reitera, una cosa es tener la autoridad que da el poder profano de un cargo público… y otra cosa muy diferente es contar con la autoridad moral que brinda un sector mayoritario de la ciudadanía… y el sentido común reconocido universalmente.

Desde hace mucho tiempo y a partir de estos escándalos, en México, su presidente, por tantas mentiras y ocultamientos hechos al pueblo que lo eligió, no tiene autoridad moral para gobernar.

Autor: Héctor Calderón Hallal

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