Redacción MX Político.- Red Privada: ¿Quién mató a Manuel Buendía? de Manuel Alcalá, difundido por Netflix, es un estupendo documental acerca de cómo se hizo la trama para silenciar a uno de los columnistas más leídos en México- sus trabajos llegaron a publicarse en más de 40 diarios- y quien tuvo un programa de televisión con Virgilio Caballero, en Canal 11, Del hecho al dicho.

Como en toda obra importante, hay cuestiones que no se comentaron o quizá no son tan claras y visibles para el público. Proporcionaré algunas, no obstante que el cineasta me entrevistó en dos ocasiones donde pude reiterar varios asuntos y añadir otros, y una que no me preguntaron.

El mismo día del asesinato, 30 de mayo de 1984, el entonces director de Excélsior, Regino Díaz Redondo, llamó a varios reporteros para que investigaran el asunto: tres muy afamados. Nadie quiso entrarle.

Entonces Rogelio Hernández López, que hizo un libro del caso, y Jorge Meléndez, aceptaron la encomienda de seguir la trama del caso.

Para hacerlo contactamos con un teniente de la Unidad de Inteligencia de la secretaría de la Defensa Nacional y con diversos comandantes de la Dirección Federal de Seguridad. A estos últimos los veíamos con frecuencia en un cabaret a donde asistían regularmente, el Run- Run, que fue derruido y ahí se encuentra el Senado de la República, donde luego de erogar decenas de miles de pesos y hacer reparaciones cada año, no queda bien en sus instalaciones.

El militar, al que vimos en pocas ocasiones, dijo que, en los restaurantes muy elegantes, no había que hablar ya que algunos, desde entonces, estaban ligados a los narcos.

En mi segunda entrevista con el equipo de Alcalá, en un museo de Reforma, yo le dije tres cuestiones que no aparecen nítidamente en la filmación.

Primero, que un par de días luego del 30 de mayo de aquel año, habían asesinado en Veracruz al compañero, Javier Juárez Vázquez, quien seguramente indagaba en el puerto la famosa trama Irán- Contras, en la que estuvo metido Oliver North, ex presidiario y hoy presidente de la Asociación Nacional del Rifle, que maneja mediante apoyos en económico a varios congresistas de Estados Unidos.

Dos, que era imposible pensar que el jefe de la policía política, José Antonio Zorrilla Pérez, hubiera asesinado a Manuel Buendía sin que sus dos superiores tuvieran la información: Gobernación y Presidencia de la República. Y que, en el caso de Miguel de la Madrid, éste había sido acusado por Buendía de haber obtenido ciento de millones de pesos de manera oscura, algo que también publicó Jack Anderson.

Posteriormente supimos que De la Madrid acusó ante Carmen Aristegui a Carlos Salinas de Gortari, por haberse robado la Partida Secreta de la Presidencia de la República. Aunque seguramente presionado por el grupo del poder se desdijo y afirmó que tenía demencia senil o alzhéimer. Pero el hecho es que su hijo Enrique- hoy con aspiraciones presidenciales- fue nombrado, posteriormente, director de un banco gubernamental.

Tres, aparece un pequeño momento una manifestación que hicimos los miembros de la Unión de Periodistas Democráticos (UPD), del Monumento a Francisco Zarco a la secretaría de Gobernación- la primera que yo recuerde de este gremio que va al Palacio de Covián-; llegando a dicho sitio las puertas estaban cerradas, cuando me subí a la reja a hablar, las abrieron rápidamente y pasamos una comisión. En un despacho en el que nos ubicaron, a los pocos minutos llegó Manuel Bartlett, nos preguntó qué queríamos- como si no lo supiera porque yo y otros compañeros nos entrevistamos con Fernando Pérez Correa, subsecretario de Gobernación, frecuentemente. Le dijimos que se investigara el caso Buendía, y dos o tres minutos después dijo: “Tomo nota” y se fue. Ese era la importancia que le daban al caso.

Estos son los tres asuntos que expresé. Hay otro que no me preguntaron y añado.

Cuando se aclaró parcialmente el homicidio de Manuel Buendía, nos citaron a un grupo de periodistas a Palacio Nacional con Carlos Salinas. Yo no quería ir porque era una especie de besamanos. Consultando con varios compañeros, acepté para plantear el fraude de las primeras elecciones del sexenio 1988-2004, en Michoacán, y el hostigamiento a periodistas que cubrieron la información, entre ellos el maestro Carlos Monsiváis.

Luego que todo era risas y felicitaciones, yo saqué el asunto michoacano. Carlos muy enojado, me dijo que no era cierto. Repetí mi posición. Nuevamente Salinas, levantando la voz, dijo que era falso. Insistí, y un manotazo del gobernante y un tono más fuerte del señor, sin que nadie del grupo me apoyara, supe que no era conveniente abundar sobre el particular.

El poder se autoglorifica, pero es incapaz de aceptar que cometió un error o está haciendo algo mal.
Coincido con Rogelio Hernández López: ¿Por qué tan callado en el caso de Manuel Buendía está Ignacio Morales Lechuga, entonces procurador del DF, quien fue notario y abogado de Carlos Ahumada y hoy crítico sistemático de la 4T?

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