Redacción MX Político.- Huachinango, en el estado de Puebla, la tragedia para sus pobladores, además de otros de la región a causa del huracán Grace, fue el escenario en donde los militares que acuden a brindar ayuda a los damnificados a través del programa DN-III, mostraron su efectividad: rescataron al damnificado presidente de la República de la “turba” que le exigía recursos y no palabras, para reconstruir viviendas, comprar menaje de casa y recuperar sus trabajos.

Desde el inicio de esta administración, por decreto, desapareció el Estado Mayor Presidencial, un ente de la Secretaría de la Defensa Nacional con la primigenia responsabilidad de cuidar al Presidente de la República, organizar sus giras -dentro y fuera del país-, trazar las rutas, trabajar con inteligencia para saber los riesgos que se corren en las actividades, atender invitados especiales y proporcionarles seguridad. Su actuación incluía hasta vigilar los alimentos del más importante personaje del país.

La justificación para desaparecerlo es que costaba mucho dinero y no respetaban al pueblo. “A mi me cuida el pueblo, son mis ángeles de la guarda”, dicho hasta el cansancio por el huésped temporal de Palacio Nacional.

Sin embargo, no es la primera ocasión que se advierten militares haciendo las tareas de seguridad. No se les admite como tales, pero la presencia física, el corte de cabello y la manera de extender los brazos para impedir el acercamiento excesivo de las personas, justamente para evitar un probable pero no imposible ataque en la persona del Presidente. La llamada “Ayudantía” sirve para cargar las cartas y documentos que se entregan en los eventos para que, en su momento, el Jefe del Ejecutivo tome acciones concretas. Oficialmente los integrantes no portan armas. Es significativo que en la mayoría de los actos a los que acude el presidente López siempre se haga acompañar por los secretarios de Defensa Nacional y Marina o cuando menos por alguno de los dos, quienes sí llevan personal castrense para “cualquier eventualidad” y que, de suyo y en la práctica, lo cuidan.

Allá en Huachinango, los asistentes al evento que encabezó López, los reclamos subieron de tono. Hubo un manotazo y un grito: ¡Me van a dejar hablar!

Y no, no lo dejaron que les mintiera.

Cuando el caos se generalizó, los militares del Plan DN-III, quienes portaban un brazalete en el brazo izquierdo que los identificaba además de los discretos uniformes de campaña verde olivo, tuvieron que entrar en acción. Lo rodearon, extendieron los brazos para hacer una valla de contención, empujaron a la gente que, ante la graciosa huida más se irritaba, se escuchaban voces femeninas que exigían: ¡No me toque… no me toque! refiriéndose al toqueteo de los militares.

El presidente intentó apretar el paso para llegar a la salida trasera -la principal estaba tomada por los “clasemedieros” de una “organización civil” (sic) y entonces, ante la presión, los gritos que subían de tono y los empujones, los soldados le abrieron espacio. Difícil tarea cuando la gente quiere ser escuchada.

Finalmente llegó al barandal colocado al inicio de la escalera. Y sin voltear, bajó rápidamente las escaleras y se perdió.

Rescatado por quienes hacen lo propio con los damnificados. ¿Acaso el presidente López ya es un damnificado?

Todo indica que sí y sus palabras durante la conferencia de ayer, muestran su irritación al machacar que los agresores estaban enojados porque los recursos “se entregan directamente a los afectados, sin intermediarios”. Ellos son eso: intermediarios.

Seguramente los “Ángeles de la guarda” se quedaron dormidos. Porque nunca aparecieron y por ello, los rescatistas, lo salvaron de ahogarse en sus reclamos.

Porque eso sí, exigió “respeto a la Investidura Presidencial”.

Si hay alguien que la desgarra es el orador cotidiano del púlpito oficial.

¿Damnificado?

Pues sí. Eso parece. Nadar de muertito no lo lleva a la orilla.

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