Redacción MXPolítico.-En el fondo, – sostienen tratadistas mexicanos – la Constitución fue resultado de los esfuerzos, de las luchas y los pesares del pueblo, de miles de hombres anónimos que generosamente vivieron los azares de una cruel guerra con la esperanza de construir una patria mejor. 

De la inviolabilidad de la Constitución, habla su propio artículo 136. Esta constitución dice el texto, no perderá su fuerza y vigor aun cuando por alguna rebelión se interrumpa su observancia. En caso de por cualquier trastorno público se establezca un gobierno contrario a los principios que ella sanciona, tal luego como el pueblo recobre su libertad se restablecerá su observancia. “El derecho no puede reconocer que la fuerza sea capaz de derogarlo o abrogarlo.” 

Entre los principios que la Constitución sanciona, está el que establece que todo poder público dimana del pueblo y que el pueblo tiene en todo tiempo, el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno. Este principio germinal que prefigura la vocación democrática de los mexicanos, viene desde el acta constitutiva del México independiente aprobada por los diputados al congreso de Apatzingán (1823- 1824). 

Para ese efecto, la actual carta fundamental prescribe la renovación de los poderes legislativo y ejecutivo mediante elecciones libres y auténticas de lo que sigue que, al tomar posesión a su cargo el jefe del ejecutivo federal jura: protesto guardar y hacer guardar la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y las leyes que de ella emanen, y desempeñar leal y patrióticamente el cargo de Presidente de la República que el pueblo me ha conferido, mirando en todo por el bien y la prosperidad de la Unión.

Por más que el analfabetismo jurídico sea santo y seña de buena parte de la clase política mexicana, solo la mala fe o dicho con mayor propiedad, el dolo, puede torcer la exactitud sustantiva del texto y, por ende, el espíritu del constituyente. 

Mala fe y dolo, son las odiosas herramientas de una pandilla tecnoburocrática que se instaló en el poder político desde la década de los 80 del siglo pasado y, ha empleado a su arbitrio dictatorial para violentar los mandatos constitucionales, a fin de implantar a sangre y fuego un modelo económico depredador, que tiene a la república en estado de guerra. Todavía – en las postrimeras del siglo 20 –, la tecnoburocracia, ahí donde no quiso exponer su precaria legitimidad, dándole cínico rodeo a la norma de normas, procuró y logró la complicidad del poder legislativo, para – suplantando al pueblo –, reorientar el viejo régimen con el objetivo de satisfacer aviesos fines cromatísticos de la plutocracia doméstica, ya sujeta al tutelaje extranjero. 

Monserga, llamó no hace mucho a la constitución mexicana un legislador de la ultra derecha en la alternancia, y un Ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación también de ultra derecha, y contrario a determinado artículo constitucional acusó al constituyente de haberlo redactado con los pies.

Y luego, otro legislador del partido – sedicente Revolucionario Institucional que se preparó para emplazarse en Los Pinos; que en ese partido que entre 1982 y 1994 editó repetidamente la obra Mexicano: está es tu constitución, con el ánimo de impartir nociones del derecho constitucional a la población, incita, dicho legislador, economista para más señas a tirar al bote de la basura preceptos y mandatos – viejos tabúes y dogmas, los adjetiva – que, al menos teóricamente, dan soporte a la soberanía de México sobre recursos naturales. 

La Carta Magna, afirman los tratadistas, condensa las principales constituciones que han regido la vida política de México a partir de su independencia y de las corrientes ideológicas más importantes desde 1821 (en que se canceló la pretensión monárquica, que luego se vistió con otros ropajes), hasta el congreso constituyente de 1917. 

“Doctrina y Proyecto de Nación” decía el discurso exaltador de la Nación, de la Constitución de los partidos que hoy, sus integrantes, sus diputados, nos representan de nuevo en la cámara baja parece no quieren saber más de doctrina de ideología los futuros detentadores del poder constitucional. Están fascinados por el pragmatismo, este el leit motive de la nueva era democrática. 

¡Que se sepa!. 

Autor:  Mouris Salloum George 

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