Redacción MXPolítico.-Atropellado por una realidad que sigue negando, de una pandemia que no cede; de feminicidios que crecen; de una economía que no mejora; de violencia generalizada y con narcotraficantes que se hacen de mayores territorios con su complacencia o complicidad; con la tragedia del Metro sobre su espalda y la de Claudia Sheinbaum y Marcelo Ebrard -por la que nadie ha sido castigado-; con una sucesión presidencial que antes de cumplir su tercer año ya comenzó; con corrupción descarada y desatada y con su recurrente mensaje de división, de confrontación, de descalificación, de engaño y de simulación, Andrés Manuel López Obrador conduce un gobierno que ya colapsó.

Y mientras sigue duro y dale atacando a la clase media, esa a la que le dice “aspiracionista”, cuando él y su necia aspiración lo llevaron a ocupar un Palacio Virreinal, el país no mejora y lo divide entre buenos con él y malos en contra de él. 

Creyendo que él encarna la patria y por ello sintiéndose perfecto, infalible, indestructible, va por la vida sembrando odios y lanzando culpas al pasado, cuando su presente es el responsable de los peores días, meses, años de un gobierno que carece de estrategia y rumbo, en suma, de un gobierno que está encabezado por un desquiciado y enfermo mental que terminará como el peor de todos. 

Su ira, sus odios, sus rencores, lo llevarán a un choque mayor con los que piensan diferente a él, con las oposiciones. Perseguirá a gobernadores que se atrevieron a disentir, a señalar sus excesos, como Francisco Javier Cabeza de Vaca y Silvano Aureoles, que estén o no involucrado en actos de corrupción y/o con el crimen organizado, tiene sus días contados en libertad.

En la mente de López Obrador sólo hay venganzas claras y ocurrencias tan tontas como asombrosas, y jamás modificará su conducta, aún y cuando la realidad le diga que va mal y se equivoca. 

Su absurda consulta ciudadana para ver si se procede en contra de los ex presidentes que abusaron de sus responsabilidades y permitieron y compartieron el saqueo a las arcas de la nación, lo retratan como un hombre que no entiende que juró cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes, para actuar en contra de todo aquel que haya atentado sobre los bienes públicos de México. 

Debe actuar, no preguntar, pero como suele ser y hacer, sigue dando circo a un pueblo en su mayoría ignorante, que ve que el tabasqueño no actúa en contra de corruptos, como el caso de Emilio Lozoya Austin y otros colaboradores de Enrique Peña Nieto, pero le siguen aplaudiendo y aprobando su arrogancia.

Ni en su rancho “La Chingada” podrá salvarse de la brutal crítica y encono ciudadano cuando por fin termine su gobierno de muerte, de fracaso, de mentiras, de corrupción corregida y aumentada. 

Y mientras pone el rostro por la Jefa de Gobierno de la Ciudad de México y deja pasar ataques a su canciller -hasta hace poco su vicepresidente-, varios de sus colaboradores han desatado las guerras internas claras o por debajo de la mesa, para buscar acomodos y ganar sus simpatías.

Los que se dan por hecho que llegarán al gabinete, como Juan Ramón de la Fuente y Jaime Bonilla Valdez, y los que sueñan con lograr una secretaria como Alejandro Encinas y Zoe Robledo, buscarán ser considerados para la gran decisión que por nada ni nadie será cambiada y Claudia Sheinbaum será la candidata de Moreno a esa aún lejana sucesión presidencial.

Aún así, al presidente más mentiroso de nuestra historia, le preocupa que el senador Ricardo Monreal Ávila, que ha expresado su lealtad al tabasqueño, pueda convertirse en el candidato presidencial de una coalición que bien podría darse dada la carencia de figuras respetadas en la oposición. 

El zacatecano, político por los cuatro costados, tiene hoy el reconocimiento de prácticamente todas las fuerzas políticas representadas en San Lázaro y el Senado, además de simpatías de varios gobernadores que le ven tamaños para competir y en una de esas llevarse el triunfo.

El líder del Senado construye acuerdos y mide alcances de su proyecto, y no dudará, si se manifiestan amplios sectores por impulsarlo en su momento, de participar en una sucesión que el propio López Obrador ya abrió a los escarceos del gabinete y ciudadanos.

Autor: Emilio Trinidad Zaldívar 

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