Cuando escuchamos frases cómo “solo hay que echarle ganas” y “los pobres son pobres porque quieren”, normalmente se está haciendo referencia a la meritocracia, un término, que desde su aparición en 1973, ha provocado esta falsa idea de que los logros se consiguen en función de buenos deseos, ilusiones y no parar de ser productivo.

La meritocracia, desde su concepción, nos plantea un error de enfoque, ya que su premisa inicial es que todos, absolutamente todos los que habitamos este planeta tierra, contamos con oportunidades  similares, si no es que las mismas y por tanto todos podemos aspirar a lo mismo, desafortunadamente, siendo más críticos, una característica principal de nuestro mundo, es la desigualdad y la falta de dichas oportunidades. Quienes cuentan con mayores privilegios, principalmente monetarios, van a tener acceso a un sin fin de opciones con respecto a quienes se encuentran en el fondo de la pirámide social.

La educación, teniendo como punto máximo asistir a una universidad, representa una puerta al conocimiento y a otra manera de ver la vida, sin embargo, hoy en día ya no es indicador de éxito(o de al menos garantizar la subsistencia), debido a que a partir de mi generación y a las que vienen en camino, nos enfrentamos y enfrentaremos a un mercado laboral incierto, quebrado, en el que no se pagan prestaciones (si es que te pagan a tiempo) y donde el acceso a servicios se ha vuelto cada vez más difícil.

El “éxito”(lo que sea que esto signifique) depende de muchas características, sin embargo quienes son “exitosos” creen que quienes no logran sus mismos resultados se quedan en el camino porque no quieren, cuando en realidad aunque tuviesen mayores y mejores habilidades, muchas veces no tienen acceso a educación, a literatura especializada, a viajes o incluso a vivencias que potencien sus conocimientos y a la postre su actuar.

La meritocracia, forma parte de este gran problema actual llamado polarización, por un lado los ganadores, se encumbran y se idealizan, mientras que los perdedores son señalados y se dejan fuera de la conversación, aun cuando de la derrota se tiende a aprender más.

¿Entonces deberíamos eliminar la meritocracia? Técnicamente no, porque lo que sí nos brinda es el método, es la constancia, es la manera en que deberíamos trabajar para conseguir objetivos, lo que sí se debería de eliminar, es la visión totalizadora del “son pobres, porque quieren” cuando en realidad lo que sucede es una reacción a debilidades institucionales.

La pobreza monetaria no se elimina romantizando el éxito, pero tampoco regalando dinero, con la puesta en marcha de planes en donde todos contemos con similares oportunidades y acceso a servicios, se podría echar a andar a la meritocracia como estilo de vida, mientras tanto, debes contextualizar cada uno de los casos de los que se hablen.

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