Las autoridades chinas anunciaron en 2013 la Nueva Ruta de la Seda, una iniciativa que inicialmente tenía la forma de un proyecto para promover la renovación y la expansión de la infraestructura en los países colindantes con el gigante asiático a fin de facilitar los procesos comerciales de China. Sin embargo, a lo largo de los últimos años ha venido expandiéndose tanto geográfica, como sectorialmente, abarcando aspectos financieros, de seguridad e incluso culturales. 

La crisis en las relaciones entre China y EE.UU. que se produjo durante el mandato de Donald Trump llevó a que los oponentes de esta iniciativa levantaran la voz y comenzaran a llamar la atención al hecho de que Pekín utilice este Puente Terrestre Euroasiático como un instrumento de presión económica y política sobre varios países del mundo.

Aun más, en marzo de 2021 el nuevo inquilino de la Casa Blanca, Joe Biden, propuso que los países democráticos crearan su propia alternativa a la Iniciativa de la Franja y la Ruta, que implica la apertura de nuevas rutas comerciales y corredores de transporte. ¿Por qué la idea china de facilitar la fluidez del intercambio de mercancías se convirtió en una ‘piedra de tropiezo’ en las relaciones entre el país asiático y Occidente?

El fundamento de esta iniciativa consiste en promover un nuevo modelo de cooperación y desarrollo internacional mediante el fortalecimiento de los mecanismos y estructuras regionales bilaterales y multilaterales con la participación de China, basado en el espíritu de la antigua Ruta de la Seda en tiempos medievales. 

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