Israel: La batalla de los Benjamines / En opinión de Temoris Greko

Redacción MX Político.- En la justa electoral israelí de este martes 9 los dos principales rivales se llaman Benjamín: el primer ministro, Netanyahu, aspira a retener el poder frente a su más importante retador, el teniente general Gantz. El actual jefe de gobierno ha encabezado dos guerras contra los palestinos. El militar busca el voto útil de la izquierda, promoviéndose como única alternativa viable al belicismo de la derecha. Y ninguno de los dos, según las encuestas, tiene asegurado el triunfo… todo está en manos de los indecisos.

En las elecciones parlamentarias de Israel, a celebrarse este martes 9, la llave del triunfo está en manos de los indecisos. Las encuestas muestran un empate técnico entre las coaliciones que podrían formar en el Parlamento cada uno de los dos principales candidatos; y que la cuarta parte de los votantes no se siente a gusto con ellos. A favor del actual premier, Benjamín Bibi Netanyahu, votará 38% de los israelíes y 36% prefiere al teniente general Benjamín Benny Gantz, según el sondeo de Channel 12 News publicado el 31 de marzo.

Para quienes sueñan con un escenario en el que el descarrilado y desmantelado proceso de paz sea reconstruido y relanzado, las esperanzas son casi de cero. La Liga Árabe todavía sostiene, aunque han pasado 17 años desde que la lanzó, su iniciativa de paz de 2012, que ofrece a Israel relaciones diplomáticas plenas a cambio de un acuerdo con base en las fronteras de 1967. 

El asunto está simplemente fuera del debate público. Casi un cuarto de siglo de corrimiento del centro a la derecha, luego a la extrema derecha y después aún más a la derecha casi en cada proceso electoral, ha arrojado el tema a las márgenes del interés popular. La gente habla de la cadena de escándalos de corrupción que plagan a Netanyahu, especula sobre las causas del tartamudeo de Gantz en una entrevista y adivina por qué se tomó un permiso vacacional la polémica presentadora de televisión Oshrat Kotler. 

Escándalos sin consecuencias

Hasta fines del año pasado nada parecía interponerse en el camino de Netanyahu, a sus 69 años, para asumir un quinto mandato y superar así el récord de 13 años que todavía mantiene David Ben-Gurión (1948-53 y 1955-63).

Durante el ejercicio de su cargo como primer ministro, Netanyahu no ha estado libre de escándalos. El pasado marzo el fiscal general de Israel, Avichai Mandelblit, anunció su decisión de imputarlo bajo cargos de soborno (hasta 10 años de cárcel), fraude y abuso de confianza (hasta tres años), por tres distintos casos de corrupción: recibir obsequios, como champaña, puros y joyería a cambio de favores para multimillonarios extranjeros; coludirse con el periódico más vendido del país, Yedioth Ahronoth, dañando a la competencia para obtener mejor cobertura; y ofrecerle incentivos a la empresa de telecomunicaciones Bezeq en intercambio de reportajes positivos en su portal de internet Walla.

Además, se sospecha que recibió sobornos en la adjudicación de un contrato de compra de submarinos de guerra alemanes. Y su esposa, Sara, está bajo proceso por fraude y abuso de confianza, por gastar 100 mil dólares en comidas privadas en la residencia oficial. 

Aun así, el acusado no esperaba encontrar rivales dignos de mención, después de una década de arrasar con todos los que encontró. Además, sus duras políticas antipalestinas y la comodidad que sienten los israelíes desde que el terrorismo fue prácticamente suprimido –lo que le permitió a la mayoría de ellos disfrutar la bonanza económica sin tener que pensar en los territorios ocupados–, le ha facilitado encabezar un proceso político que llevó a la sociedad al extremo: si Ariel Sharon era apodado El Carnicero de Sabra y Chatila, por una matanza de palestinos que ordenó en Líbano en 1982, Netanyahu compitió contra él con propuestas siempre más radicales; y en su última década de gobierno cada nueva coalición incluía aliados y planes más intransigentes.

Respecto al llamado proceso de paz, se ha mantenido apegado a sus tres “no”: a la retirada del territorio de los Altos del Golán, tomado a Siria desde 1967; a discutir el estatus de Jerusalén, cuya parte oriental es de mayoría palestina y que este pueblo reclama como capital; y a negociar bajo precondiciones de los palestinos.

Simulando disposición a negociar pero sin ofrecer nada, con la posición de ventaja que le ofrecen la fuerza militar, el muro que rodea Cisjordania y el apoyo de Estados Unidos, ha sostenido un juego de vencidas con la confianza del que engorda músculo; sostuvo dos sangrientas guerras en Gaza, en 2012 y 2014; castiga esa zona con frecuentes bombardeos; ha expandido los asentamientos judíos ilegales en Cisjordania hasta partir la región en dos; ha endurecido su control de Jerusalén e hizo aprobar el año pasado la llamada Ley del Estado Nación, que por primera vez desde la fundación del país establece dos categorías de ciudadanos: los judíos, como únicos con plenos derechos, y los árabes y demás, en segunda clase.

Según Netanyahu, lo que está haciendo el fiscal en su contra no es más que “persecución política”, y la publicación de los cargos un mes antes de los comicios es “una intervención en las elecciones descarada y sin precedente”, parte de un complot para “derribar a la derecha y encaramar a la izquierda”.

No soy Netanyahu

En diciembre de 2018, Gantz, de 59 años, quien ya había pasado a retiro tras ocupar el cargo de jefe del Estado Mayor del Ejército de 2011 a 2015, anunció la formación de su nuevo partido, Resiliencia Israel, que con otras dos organizaciones creó la alianza Kachol Lavan (Azul y Blanco).

Los reflectores cayeron sobre él: en un ambiente en el que la izquierda y el centro están divididos y desmoralizados, sin personalidades aglutinantes, la figura de Gantz, con su lema “Ningún líder israelí es rey”, se convirtió en la alternativa natural a Netanyahu. Tiene la ventaja adicional de su alto rango militar, en un país donde el uniforme verde inspira confianza: en la historia local es el duodécimo jefe de Estado Mayor que pasa a la política, y dos de sus predecesores, Yitzhak Rabin y Ehud Barak, llegaron a ser primeros ministros. 

“Le agradezco a Benjamín Netanyahu por sus diez años de servicio”, declaró Gantz en su primera presentación. “Nosotros continuaremos de aquí en adelante”.

Enfrentar al titán que ha hegemonizado el escenario en la última década no es fácil, naturalmente. Para no cometer errores, presentando propuestas que puedan molestar a algún sector o grupo, Gantz evita detallar ideas y se promueve basándose en su cualidad más obvia y asumible para todos: que no es Netanyahu.

Los problemas económicos y sociales, o el conflicto con los palestinos, no son temas con eco en esta campaña. “Ya no hay más derecha e izquierda”, proclama el jingle de Gantz, que hace eco de Donald Trump: “Sólo hay Israel antes que nada”. 

Es tan opaco, que los periodistas han tenido que escarbar alrededor de él para descubrir sus posturas políticas. El diario Haaretz, por ejemplo, le preguntó a su hermana mayor, pero incluso ella dijo que no las conocía.

Cuando tiene que decir algo, trata de ajustarse muy bien a un nicho concreto de público, por lo que a veces parece de izquierda y otras de derecha. En un video, por ejemplo, sostiene que “no hay vergüenza en desear la paz” con los palestinos, la que promete buscar. Pero en otro, muestra imágenes de áreas urbanas de Gaza prácticamente arrasadas en las guerras que él comandó, con una numeración que aumenta rápidamente hasta llegar a mil 364 “terroristas muertos” y una tajante declaración final: “Sólo los fuertes ganan”.

También tiene problemas legales: una familia de Gaza lo demandó ante una corte holandesa por crímenes de guerra; y en febrero, una mujer israelí denunció que, cuando ambos estaban en la escuela, ella tenía 14 años y él 17 o 18, la sorprendió bajándose los pantalones para mostrarle los genitales. “Es una mentira descarada”, replicó el militar, asegurando que era un truco del partido de Netanyahu.

Un problema extra es que, para crear su alianza Blanco y Azul, Gantz se comprometió con su socio, Yair Lapid, a que le cederá el puesto de primer ministro en dos años y medio, para que lo ocupe en la segunda parte del periodo quinquenal de gobierno. 

Pero en la izquierda no olvidan que Lapid formó parte del gabinete de Netanyahu, desde donde apoyó las campañas de persecución contra organizaciones de derechos humanos como B’Tselem y Breaking the Silence.

Para considerar su apoyo, el Partido Laborista ha pedido que se cancele ese acuerdo, lo que Lapid ha rechazado. 

Fragmentación

Parte de la incertidumbre se debe a que el sistema electoral israelí es estrictamente proporcional, lo que favorece a los partidos chicos. O así lo hacía hasta que una de las personalidades sobresalientes de la extrema derecha, el excanciller Avigdor Lieberman, aliado y a la vez competidor de Netanyahu, introdujo una reforma para hacer más difícil que una organización pueda entrar a la Knesset (parlamento unicamaral): antes, bastaba con obtener 2% de la votación; ahora es indispensable un mínimo de 3.25%.

Y el partido de Lieberman, que ha caído en las preferencias, según unas encuestas no logra alcanzar ese porcentaje y según otras, apenas lo consigue. El sondeo más reciente, el del Canal 13, del martes 2, lo deja fuera, con apenas 2.2% e indica que alcanzarán representación 12 partidos en una cámara de sólo 120 asientos. 

El partido más fuerte, el Likud de Netanyahu, con 29 escaños, no alcanza la cuarta parte. El Azul y Blanco de Gantz, queda apenas atrás, con 28. 

Y luego vienen las complicadas sumas de las demás organizaciones, que incluyen a partidos de base religiosa, otros de ultraderecha, centro y centro-izquierda, más uno de izquierda pacifista y una alianza de partidos de palestinos con ciudadanía israelí (herederos de los que no fueron expulsados en las guerras del siglo XX).

Esta encuesta prevé una caída de la coalición de gobierno de Netanyahu, que actualmente tiene 66 diputados y bajaría a 62. Pero seguirían siendo más que una hipotética y muy difícil de formar coalición encabezada por Azul y Blanco, con el centro, la izquierdas y la lista mixta de palestinos e izquierda, que subiría de 54 a 58.

El factor desconocido está en el 25% de ciudadanos que todavía no se siente convencido y hará la diferencia. 

La estrategia de Netanyahu y Gantz es llamar al voto útil: quien vote por partidos pequeños, se arriesga a que queden fuera de la Knesset y esto refuerce al bando contrario. 

Esto genera dilemas complicados, particularmente entre la izquierda, los pacifistas y los palestinos con ciudadanía israelí, que son llamados a apoyar a un candidato que presume sus éxitos militares, se coloca las muertes de árabes como medallas y proclama que ya no existen la izquierda ni la derecha. 

Se ven forzados a escoger al menos malo para no seguir con el peor, sin certezas de a qué clase de cambio conducirá esto, si es que a alguno. 

Temoris Greko 
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