21/02/2020 - 11:00

Redacción MX Político.- Es un lugar celestial como hay miles en la costa del Pacífico mexicano. Aquí, las playas del estado de Oaxaca no tienen nada que ver con las más visitadas de Cancún, en Yucatán, donde los estadunidenses enrojecidos por el sol abandonan sus botellas vacías de Corona o de Budweiser flotando en las cálidas y tranquilas aguas del mar Caribe.

El Pacífico es para los más aventureros; los surfistas tienen sus olas en Puerto Escondido, los nudistas la arena fina de Zipolite y los hippies la atmósfera relajante de Mazunte. En este pueblo, donde se cruzan rastas occidentales y comunidades zapotecas, se creó en 1994 el Centro Mexicano de la Tortuga (CMT). Pero el ritmo de las olas navideñas ha conllevado a tristes regalos en estas extensiones de arena, donde el cielo, la tierra y el mar se encuentran.

“A finales de diciembre, vimos a docenas de esos reptiles llegar muertos directamente en la playa”, recordó Sergio, gerente de un campamento en Mazunte.

También en San Agustinillo, los pescadores de tiburones galápagos hicieron descubrimientos fúnebres: nos tocó encontrarnos con ellas en alta mar, flotando. Y varias han varado en las playas aquí también”, dio a conocer Apro desde Puerto Escondido, Oaxaca.

Tortugas naufragadas

Casi un centenar de tortugas marinas murieron en estas playas de Oaxaca entre finales de diciembre y principios de enero. Las que estaban aún vivas, pescadores o incluso turistas las traían al CMT para que recibieran atención veterinaria. Desde el 26 de diciembre, personal del CMT ha ayudado a 32, de las cuales se logró medicar a 22, según la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP).

Entre ellas se encuentran las llamadas “prietas” –especie en situación de vulnerabilidad, según la lista roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) – y dos golfinas, cuyo futuro se marca en líneas discontinuas.

“La semana pasada tuve que enterrar unas dos en el fondo del jardín”, lamentó Rémi, un francés que trabaja como voluntario en el CMT de Mazunte.

Esos reptiles sufren de marea roja, “una intoxicación muy grave debido a las toxinas presentes en las algas”, observa la bióloga Martha Harpur.

Ese fenómeno tiene como característica la proliferación de algas marinas consumidas por los sálpidos, una criatura gelatinosa cercana a las medusas y que las tortugas marinas consumen.

“De la autopsia realizada se descubrió que el intestino y el estómago estaban saturados de sálpidos y que las paredes de estos órganos estaban extremadamente dañadas”, indica la bióloga.

Las toxinas son paralizantes y gástricas: inmovilizan al animal en el agua evitando que resurja, lo que le impide respirar fuera de la superficie.

A mediados de enero 11 tortugas gravitaban en la cuenca principal de santuario conocida como “la circular”. Su diagnóstico vital era reservado. El objetivo era desintoxicarlas, operándolas del estómago, nutriéndolas con suero mediante sondas.

“El 8 de febrero se liberaron a siete y dos permanecen en observación”, informa Adrián Méndez, director regional Frontera Sur, Istmo y Pacífico Sur de la CONANP, de la cual depende este sitio.

CONANP@CONANP_mx

Las 11 tortugas que se encontraban en rehabilitación y cuidados del equipo  en el Centro Mexicano de la Tortuga , fueron afectadas por la marea roja en Oaxaca, hoy gozan de mejor salud y en próximos días serán liberadas al mar.   

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Centro sin diversión

En Oaxaca, además de esa plaga, la existencia de estos animales se ve amenazada por el apetito de los lugareños: la tortuga es un elemento esencial de la gastronomía zapoteca y durante mucho tiempo sus nidos fueron saqueados por la población locales en busca de sus huevos. Es un plato popular en el istmo oaxaqueño, sobre todo en la región del Istmo, cuya capital es Juchitán.

De hecho, el CMT está construido sobre lo que era un matadero de tortugas. En aquella época, se podía oler la carne de tortuga desde la carretera, a un par de kilómetros de la playa”, recuerda Adrián Méndez.

Con la ley de 1990 que prohíbe la caza del reptil y sus ovocitos, los hábitos están cambiando gradualmente. Se consumen mucho menos, “no tanto por el riesgo de extinción como por el riesgo de ir a prisión”, se ríe Selene, habitante de Mazunte que solía comerlos en su infancia.

“Tienes que entender: el sur de Oaxaca es muy pobre”, confía Doña Nicha, quien atiende un restaurante cerca de una playa de desove.

“En ese momento, comías lo que encontrabas, y lo más fácil eran las tortugas que llegaban a desovar en las playas … Hoy en día todavía hay lugareños que buscan nidos en la playa al anochecer. Incluso si los conocemos bien, no podemos ir con ellos”.

En realidad, cuando no es la caza de huevos, lo que perjudica a la especie es la actividad pesquera: las hélices o las redes de los barcos son sus peores enemigos.

“En la CONANP entendemos esto, y la actividad desde su apertura en 1994 se ha centrado mucho más en rescatar animales que en crear conciencia sobre su no consumo”, asegura Adrián Méndez.

Sin embargo, la realidad en el sitio es muy diferente de la de un parque de diversiones para estos quelonios: la ayuda económica de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas es casi nula. Y los recursos humanos y económicos son débiles, lejos de poder dar la imagen que el Centro avanza en su comunicación. O incluso los diversos gobiernos, que, sin embargo, pusieron la supervivencia de la especie a la cabeza de la góndola de su política ambiental.

Una pareja franco-mexicana acudió al sitio con un pelícano herido encontrado en la playa de San Agustinillo. Ahi, Guillame se enteró de que era posible trabajar como voluntario. Si le es tan fácil integrar al equipo, es porque los empleados necesitan constantemente ayuda, pues no pueden con tantos animales y tanto trabajo.

“Martha, la bióloga, no te lo dirá, pero viene aquí todos los días, incluso en sus días libres”, dice Remi el voluntario francés. Caerá la noche y el santuario pronto estará desierto.

jvg