“Un final feliz”: secretos de familia / En la opinión de Luciano Campos

Por Luciano Campos / Apro/ MX Político

 

Michael Haneke presenta el retrato de una familia tóxica en Un final feliz (Happy End, 2017), filme que muestra un depresivo aspecto de la desolación dentro de una casa llena de personas, separadas entre sí por la indiferencia.

 

El árbol genealógico que se forma en la residencia de la adinerada familia Laurent, asentada en la costa de Calais, Francia, está hecho de individuos que viven emocionalmente aislados, pese a la permanente presión de todos sus miembros, hacia arriba, hacia abajo y hacia los lados. Las tres generaciones que conviven bajo el mismo techo evidencian una formación moral tan deteriorada entre los individuos que la integran que no pueden soportarse ni solos.

 

Haneke, como escritor y director, ya había explorado el lado oscuro de la condición humana en otras de sus obras, como en Amor (Amour, 2012), con los mismos protagonistas de ahora, Isabelle Huppert y Jean Louis Trintignant.

 

Los lazos que establece entre los Laurent son tirantes, movidos por complicidades más que por pulsaciones afectivas. Todos tienen una forma de resolver sus conflictos que terminan por afectar a los demás. No hay manera de poder escapar de la implosión que provocan todos, tratando de sobrevivir en una atmósfera de locura, con aspecto de civilidad y refinamiento.

 

El viejo patriarca Georges (Trintignant) afectado por la senilidad de la que es tristemente consciente, está fastidiado de todos y lo que quiere es escapar de la vida. No siente compasión por nada y le delega, en vida, el negocio de la construcción a su hija frígida y distante (Huppert) que, a su vez, pretende inútilmente aleccionar en el negocio a su inútil hijo joven (Franz Rogowski), que se sabe un castrado, objeto del desprecio de toda la familia.

 

En ese entorno asfixiante aparece una adolescente emproblemada, hija del primer matrimonio del otro hijo de Georges, un hombre aparentemente simpático que, en el fondo, no ama a nadie. La chica viene a batir, aún más, la atmósfera viciada en casa, por sus propios dramas personales, con la madre en coma en el hospital y la mala relación con su papá. Y, además, es adicta a los dispositivos móviles, que le restan interés en la realidad.

 

En el trasfondo se presenta el drama de los migrantes que llegan a Europa, subempleados, y casi esclavizados por los residentes que los usan a su servicio y los someten como seres de una clase inferior. Paradójicamente, quien denuncia la gravedad de la xenofobia es la persona, dentro de la casa, menos calificada para hacer ningún reclamo.

 

La película presenta, en lentos episodios, estampas de la vida cotidiana de estas personas que tienen que lidiar con sus propios asuntos, sin que se observe que obtengan, a cambio de ello, la más mínima partícula de alegría. Trabajar, holgazanear, ser infieles, o queridos, nada les mueve a sentir felicidad.

 

Todos conforman una especie de zoológico, un aparador de especímenes extraños que pueden ser vistos desde diferentes ángulos en toda su horripilante dimensión espiritual. No necesitan dar giros espectaculares en sus vidas, ni siquiera cometer actos atroces. Simplemente son ellos, y se comportan como entes que sufren terriblemente por la carencia de apegos entre los suyos, pero sin el consuelo de una mano caritativa, un alma piadosa que pueda rescatarlos de su decadencia.

 

Sin ser su mejor trabajo, Haneke efectúa una obra interesante de violencia social silenciosa. Hace un par de décadas impactó al mundo con la sangrienta Funny Games, en la que sí expuso vísceras, con la perversión de dos muchachos angelicales que toman por rehenes a los integrantes de una familia, ajenos a sus juegos criminales.

 

Con Un final feliz, título de obvia ironía, hace una pieza de cine mundial, que se concentra en la intimidad de un núcleo familiar europeo, exponiéndolo con precisos detalles, tan sólo para confirmar que al interior de todas las familias se guardan secretos que no pueden ser revelados.

 

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