Tomarle la palabra / En opinión de Clara Scherer

El muy lamentable y grotesco caso mireles (con minúscula, dado su tamañito ¿moral?) demuestra una vez más, la sabiduría popular: no hay mal que por bien no venga. El que el Presidente le haya sugerido “que haga el compromiso de educarse en esta materia” (respetar a las mujeres) y le diga “adiós” al machismo, implica que tod@s quienes están en una posición de responsabilidad pública, acaten lo más pronto, ese veredicto.

Y esto nos pone en la ruta de la igualdad. Igualdad en primer lugar, con las responsabilidades familiares. Diputadas, senadoras, a legislar sobre la conciliación laboral familia-trabajo dentro del Congreso de la Unión y den ejemplo nacional. Violencia es que nosotras trabajemos doble y ganemos menos. En cuanto a esa otra violencia que se esconde en el lenguaje, origen del agraviante asunto, pongámonos modernas y detengamos la ciberviolencia, que está causando estragos en nuestra juventud. No hay manera de que Jóvenes Construyendo el Futuro lo hagan con el pesado fardo de los prejuicios surgidos del más remoto pretérito.

Ahora que la CNTE tiene el poder de modificar legislaciones secundarias, podría, para estar acorde con el pensamiento presidencial, incluir talleres de derechos humanos e igualdad a lo largo y ancho de la currícula de la “nueva escuela pública”. Y hacer de la educación en sexualidad, materia obligatoria, lo que ahorraría muchos, muchísimos dolores a niñas, niños, adolescentes. Eso sería otra forma de “sembrar vidas” a partir de los deseos. Abrazos acordados, no balazos, ni acosos ni hostigamientos.

Superar prejuicios cuesta energía emocional: aceptar burlas, sarcasmos, dejar privilegios, olvidar la muy cómoda cobardía y enfrentarnos al espejo. Ver que las mujeres migrantes ganan alguna mejoría en su desesperada situación por dar a luz un hijo y llamarle como el Presidente, descoloca. Brillante y conmovedora estrategia, sin duda, de una mujer inteligente. Reconocimiento a sus compañeras de viaje y de infortunio, por su solidaridad y su genuina alegría al ver situado en un mejor espacio, al bebé y por ende, a su amiga, Kumba.

Inevitable no dar cuenta: negra, pobre, mujer, migrante. Demasiadas desventajas en su haber. Demasiado dolor en su biografía y en su historia. Llegó desde la República Democrática del Congo, país situado en el centro mismo de África, llamado también “el reino de las tinieblas”, instaurado por Leopoldo II, rey de Bélgica, quien inició la expropiación de sus enormes recursos (caucho, diamantes, piedras preciosas) y la destrucción de su vida y cultura tradicionales, esclavizando a sus habitantes, sólo por ambición. 

Ella salió de allá porque hay guerra. Dejó a tres hijos y con tres meses de embarazo, llegó a Brasil, recorrió Sudamérica, Centroamérica, hasta llegar a México para seguir caminando tras ¿el sueño americano? Como sea, parece mucho mejor que vivir en el terror en el Congo. Aquí, en México, privada hasta del derecho a transitar. Y considerada merecedora de un mínimo bienestar por ¿haber parido un hijo? Según López Tapia, oficial del Registro Civil, ya se han registrado a 12 menores de Haití, Angola y el Congo.

Las inmigrantes no son ciudadanas, primero porque son de nacionalidad extranjera y segundo, porque no predomina en la política social de inmigración la idea de que la ciudadanía, particularmente la “nueva ciudadanía”, debiera ser el eje vertebrador de la política de integración. Ya hay muchos llamados a intentar desvincular dos principios: la nacionalidad y la ciudadanía, para que a las personas extranjeras pobres las dejemos de ver como infrasujetos, privadas de mínimos civiles y políticos.

Interesante pensar que mujeres como Kumba, ocupan puestos que mujeres como las senadoras y diputadas requieren: trabajadoras domésticas que se ocupen de lo que, según la tradición, les toca a ellas. Pero, ¿y sus maridos? ¿Cuándo los hombres se harán cargo de resolver sus propias necesidades y del cuidado de sus hij@s? Tomémosle la palabra al Presidente: repensemos las relaciones primero, entre mujeres y hombres; luego, entre pobreza y riqueza; concluyamos entre países desarrollados y países como el Congo. Eso sí que tendría un muy potente efecto transformador.

 

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