Teorías de lo complejo: ¿Quién está diseñando el futuro? / En la opinión de Felipe de Alba

Por Felipe de Alba

En la temporada de augurios... solo veremos patos, es temporada de patos. Este tiempo empieza con inusitada pasión, la temporada de las inefables predicciones.

La apuesta no es quién, sino cómo.

Es una larga tradición del país apostar al futuro, creer en el “ahora sí” todo cambiará.

Los círculos de opinión política se regodean con el ejercicio, para dar mayor énfasis en cualidades de su candidato o en demostraciones de fuerza.

Pretendidos analistas o sesudos textos en los que elaboran alrededor de lo evidente, o tejiendo intrincadas posibilidades, o para mostrar, al final de cuentas, opiniones personales.

Con mayor vehemencia, los adivinadores tendrán más audiencia en los siguientes semanas y meses,  en ese ejercicio de mantener distraído al público con lo irrelevante cotidiano.

En ello tienen que ver no sólo los políticos, sino una práctica que nos inunda especialmente en tiempos de campañas electorales.

En tiempos del Big Data, la apuesta por “el bueno”, se mantiene con una vehemencia de país bananero.

Estamos lejos del análisis sistemático, aquél que revisa la historia para comprender o sugerir tendencias.

Lejos también de la profundización en el conocimiento de los lastres, aquellos que nos reflejarían una o varias facetas de la “condición actual”, en la que vive el país, de sus mayores problemas o los más relevantes.

En el proceso electoral presente (2018), seguimos distantes de los diseños de futuro, como la organización de lo posible.

¿Qué es lo posible? responder a esta pregunta parece esencial en este tiempo del vértigo electoral, para concentrarnos en viabilidades.

No me refiero aquí a la propuesta militante de “un mundo posible” que está comúnmente identificada un protocolo de prácticas ecológicas “exitosas”.

En esta ocasión, intentaré resumir lo irreducible: lo que se requiere en un práctica metodológica de diseño de futuros posibles. Solo aportaremos cuatro elementos.

Primero, un historia de los objetos relevantes: el entramado tendencial de problemas que podrían caracterizar a un pasado, o a un presente negativo.

¿Qué hace falta aquí? Sería la pregunta.

Ello puede tratarse, para usar un ejemplo simple, de una carretera que modifique el aislamiento de una región, o implique potenciar una serie de inercias que la reactiven económicamente.

“Acto-motor” sería la clave, que se concretiza en la política pública, o en un programa social, o en un convenio sectorial que articula a una condición objetiva (el aislamiento, la falta de comunicación) con las vías posibles de su modificación.

Segundo, la conformación de un equipo de inteligencia colaborativa, que normalmente se conoce como Think Tank, para la identificación de las relevancias y las singularidades. Me explico enseguida.

Si antes hay que identificar la historia de las cosas relevantes, ahora se trataría de diseñar una mirada holística, es decir, diseñar un futuro posible para el caso, del “acto-motor” señalado.

Si se tratara de la misma carretera, el equipo intentaría una visión de las diferentes vías para llevarlo a cabo: desde las alternativas de financiamiento (pública o privada o mixta) y las alianzas intersectoriales (las instituciones involucradas o los sectores a quienes consultar), hasta los costos (gratuita o pública, privada), los protocolos, las etapas y, finalmente, los plazos para llevarla a cabo.

Tercero, el diseño del futuro: el equipo de inteligencia colaborativa —en el diseño de la misma carretera—, supondría los efectos de su construcción.

Considerar tanto lo que pueda afectar negativamente (efectos colaterales, identitarios, ecosistémicos, etc), como la identificación de diferentes áreas de oportunidad que ello represente.

Cuarto, la llamada área de oportunidad implica una serie de proyecciones sobre los impactos en el corto, mediano o largo plazo.

Tanto para potenciar los efectos positivos (como articular cadenas productivas, por ejemplo), como atender eventuales efectos negativos (o disuadir a eventuales opositores, matizar los efectos negativos, negociar con ellos, etc.),

En suma, la tarea de diseñar el futuro implica colaboración, acuerdo y conocimiento. Aunque no hay un orden estricto para ello.

Se trata de contar con información, conocer el terreno, explorar condiciones, estudiar contextos históricos, dialogar con actores interesados como con los resistentes, alcanzar un punto donde un “acto motor” se convierta en posible, no porque se trata de “decisiones de escritorio”, sino porque están articulados con un programa general.

Esperemos que algún equipo de trabajo, que serán futuros equipos de gobierno, cuente con una perspectiva en la exploración de futuros, y den menos atención, o estén más allá, de la impronta electoral.

Felipe de Alba, Doctor en Planeación Urbana, con estancias de investigación en MIT (EEUU) y ENS(Francia). Ha escrito  varios libros y más de 50 artículos en revistas internacionales sobre medio ambiente, recursos naturales y ciudades. Es investigador del CESOP, en la Cámara de Diputados, e investigador SNI 1.

Las opiniones emitidas en esta columna son responsabilidad de quien la escribe y no reflejan necesariamente la línea editorial de este medio.

 

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