Rupturas y problemas de legibilidad en el sistema institucional mexicano/ En la opinión de Julie-Anne Boudreau

Por Julie-Anne Boudreau 

Cuando llegué a la Ciudad de México en 2012, me impresionó el tratamiento personalizado y el cuidado con el cual la gente se saluda, se ofrece un “salud!” cuando alguien estornuda, o se refieren a uno como “linda” o “reina” en el tianguis. México es un país muy acogedor. Lo que apenas conozco, ahora lo resumo en las siguientes líneas, con la prudencia que amerita el caso.

2012 fue año electoral. Fue en ese año cuando aprendí lo que significan las elecciones en este país. Llegando de Canadá, no podía entender porque la mayoría de las personas en mis redes estaban perdiendo su trabajo. Pensaba ¿Porque las elecciones significan no solamente un cambio de gobierno, sino también un cambio de administración, de equipo?

Como sabemos, el gobierno en México se forma en gran parte a través de líderes carismáticos que usan a menudo canales informales para asegurar su elección. El sistema de partidos políticos mexicanos descansa en esta herencia política. Pero hay rastros de esto también en el propio funcionamiento administrativo del Estado, en todos los niveles. Generalmente, cuando se elige un nuevo gobierno, todo el personal administrativo cambia y el nuevo gobierno traerá su propio equipo. Esta es una regla no escrita que tiene en consecuencia una discontinuidad institucional entre mandatos gubernamentales. No sólo el personal político cambia, sino una importante gama de funciones administrativas.

Para una canadiense como yo, esto es bastante curioso. En Canadá, hay una separación estricta entre las ramas ejecutivas y legislativas que cambian con las elecciones, así como en las ramas judiciales y administrativas del Estado. Esto se considera fundamental para una democracia sana. El Estado necesita continuidad institucional para asegurar su autonomía de las ramas políticas.

En contraste, la política en México es personalizada e institucionalmente discontinua. Parece que lo que importa es el equipo, las personas, más que las instituciones. Es decir, como si no se considerara que el Estado tiene existencia fuera de los equipos políticos. En Canadá, uno tiene la impresión que la gente concibe el Estado como una entidad en sí misma, sin los rostros de sus gobernadores o equipos. En México, son personas las que gobiernan y administran, no una entidad despersonalizada que se llama el Estado. Esto se siente en todas la funciones del Estado: el énfasis en la personalidad y en la imagen de los políticos (esto es parecido a lo que ocurre en Canadá), la mordida que te pide el policía para darte un “servicio personalizado y solucionar tu problema”, la búsqueda de protección por medio de líderes clientelares, la necesidad por los funcionarios de formar parte de un equipo político de trabajo.

¿Cuáles son las consecuencias de esa costumbre? Primero, la dificultad de seguir programas de un gobierno al otro. Para el ciudadano, esta discontinuidad genera también una creciente incapacidad de “leer” la ciudad, de comprender las reglas que gobiernan la vida más allá de la superficie inmediata, de su caótica apariencia. El sentimiento abrumador de desorientación en la Ciudad de México, es lo que me gustaría llamar una poética social del desorden, es algo que cada habitante de la megalópolis siente cada día. Este desorden urbano se sobrepone a la discontinuidad institucional. Por ejemplo, al ir a caminar por Tepito –más allá de la intensidad del tianguis–, uno pueden ver fácilmente que cada gobierno de la CDMX ha marcado el territorio con su logo, el nombre de sus dirigentes (por ej. la fortaleza construida por Ebrard).

La nueva marca rosada del actual gobierno de la ciudad fue desarrollada por la Coordinación General de Comunicación Social, CDMX. La marca pretende materializar una nueva entidad institucional: la Constitución de la ciudad. Detrás de la “rosificación” de la ciudad, de la pintura de los taxis, de los asientos reservados a las mujeres en los nuevos metrobuses, de las esculturas gigantes de CDMX en los bulevares de la ciudad, encontramos una búsqueda para la legibilidad. La legibilidad es la medida en la que un paisaje puede ser leído, es decir, reconocido y organizado mentalmente. Al colocar artefactos rosados en toda la ciudad, el gobierno está produciendo elementos reconocibles que afirman su presencia y afirman su coherencia institucional. En el contexto de la corrupción extensa y el clientelismo, esa coherencia institucional es un intento de afirmar los principios de la nueva Constitución.

La regla no escrita de una renovación completa de la administración pública cada sexenio tiene raíces fuertes en la muy joven democracia mexicana. Desarrollar una imagen de marca colocando los mismos colores en toda la ciudad es una manera de compensar la falta de legibilidad y las incoherencias institucionales producidas por un sistema profundamente personalizado. Alguien podría afirmar que esto es suficiente?

Julie-Anne Boudreau es Doctora en Estudios Urbanos de la Universidad de California, Los Ángeles. Es Investigadora del Instituto de Geografía de la Universidad Nacional Autónoma de México. Pertenece al sistema Nacional de Investigadores, nivel III. Su último libro es Global Urban Politics: Informalization of the State, publicado con Polity Press.

Las opiniones emitidas en esta columna son responsabilidad de quien la escribe y no reflejan necesariamente la línea editorial de este medio.

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