Quedarse en casa para librar la peste / En opinión de Martín Casillas de Alba

28/03/2020 - 05:00

Redacción MXPolítico.-  “Es cosa humana, y norma para todos, sentir compasión por los afligidos, máxime por aquellos que, necesitados de consuelo, han conocido sus efectos”, así inicia el Proemio de El Decamerón (Deka, diez; hemera, día) de Boccaccio que, en estos días, viene como anillo al dedo, pues ahí conocimos a Pampinea, una de las siete florentinas quien le propuso a sus compañeras, un día cualquiera cuando estaban en la iglesia, que se confinaran fuera de Florencia, para poder librar la peste y, luego, para entretenerse, que “cada quien cuente un cuentito antes de que el sol decline y el calor afloje.”
Boccaccio escribe esos cien cuentitos sobre “la jocosidad de las fábulas, la tristeza de los lamentos, las tragedias del amor, algunas aventuras en el Mediterráneo y otros inspirados en los cantares de los trovadores de esa época”.
Boccaccio también describe cómo vivían las mujeres de su época: “temerosas y avergonzadas, que ocultan bajo su delicado pecho las amorosas llamas, mucho más intensas cuanto más ocultas, cosa que bien saben quienes las han disfrutado y disfrutan. Además, restringidas en sus voluntades y en sus placeres por las órdenes del padre, del hermano o del marido, viven la mayor parte del tiempo encerradas en el estrecho circulo de sus alcobas, donde pasan las horas casi siempre ociosas, pensando en cosas ora deseables, o rechazables, casi siempre tristes. Y si en sus mentes sobreviene alguna melancolía debida a un fogoso deseo, deben ocultarla y esperar que la ahuyenten nuevos pensamientos, pues hay que considerar que las mujeres aman con mayor profundidad que los hombres...”, como recuerdo que eran las mujeres en Tepa a principios del XX, obligadas a cuidar a sus padres o a sus hermanos, como quisieron obligar a María Casillas Cruz, la mayor de las hermanas de mi padre, que no les hizo caso y se escapó para casarse y ser feliz, aunque sus hermanos la castigaron toda su vida con su desprecio.
Ahora, son siete mujeres y tres hombres los que se alejan de Florencia y en el palacio donde se instalan, en donde cada uno va contando diez cuentitos, lejos del “pestilente tiempo”, quedándose en esa casa como lo hacemos ahora en México, separados de los demás para evitar la enfermedad “reunidos y encerrados en sus casas, lejos de cualquier enfermo, degustando delicados manjares y escasos, pero óptimos vinos, rehuyendo toda lujuria, sin permitir que alguien hablara o llevara noticias de enfermos y de muertos, para pasar el tiempo en medio de la música y otros templados placeres.”
Otros se arriesgan y “salen a dar la vuelta llevando flores, hierbas aromáticas y varias especias que se llevaban con frecuencia a la nariz, estimando que sus aromas eran benéficos para el cerebro, para librarse del aire nauseabundo por tanto cadáver...”
Un martes cualquiera en la iglesia de Santa María Novella, “casi vacía después de oír los oficios divinos, se encontraron allí, vestidas de luto, siete jóvenes mujeres, relacionadas entre sí por su amistad, vecindad o parentesco que no pasaban de los veintiocho años de edad. Después de suspirar y rezar los padrenuestros, hablaron de las desgracias de su tiempo y otras cosas...” Fue entonces cuando Pampinea les propuso que, “para la conservación de nuestra vida, lo mejor sería que nos vayamos al campo para pasar este tiempo disfrutando de la vida, sin ir más allá de ningún acto contrario a la razón.”
Al día siguiente se instalaron a dos millas de Florencia, nombraron a Pampinea “reina por un día”, que, luego, luego, les propuso que cada uno contara un cuentito. La primera historia es la del maese Cepperello, un gandaya que engaña a un santo fraile con una falsa confesión y, a su muerte resulta que lo consideran un santo. 
Por mi parte, imagino habernos ido a Santa Bárbara, el rancho que era de la familia, a dos millas de Tepa, para que Lety Gómez Ibarra nos contara esas historias tan sabrosas que cuenta para entretenernos y, así, poder conservar vida.


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