¿De qué lado está la corrupción petrolera? / En opinión de Pablo Zárate

Después de las revelaciones de esta semana, nadie en su sano juicio podría afirmar que la reforma energética erradicó la corrupción del sector petrolero mexicano. El panorama ya estaba cargado con los datos del rampante huachicol, los detalles sobre las operaciones de un corrupto sindicato, los testimonios previos de pagos por citas, los recurrentes rumores de favoritismo a ciertos contratistas, y las evidencias del disfrute personal, arribista, de los activos de lujo de Pemex. Pero las grabaciones que los abogados de Oro Negro filtraron esta última semana terminaron de ponchar cualquier burbuja de ingenuidad que pudiera haber sobrevivido al contexto.

En materia de corrupción, es claro que la situación se ha agravado: el Pemex posreforma pinta peor que el Pemex prerreforma. No se necesita mayor justificación cuantitativa: a través de una búsqueda rápida, no pude identificar ninguna ocasión en la que el Wall Street Journal, que cubre minuciosamente las actividades de Pemex desde hace décadas, hubiera utilizado el adjetivo “endémico” para calificar la corrupción de la petrolera; en el reportaje que publicaron la semana pasada, se lo asignaron sin mayor empacho ni reclamo.

Pero no es la manera correcta de verlo. Entre tanto morbo y escándalo, estamos cayendo en la trampa. Es absurdo usar a la reforma energética como parteaguas para analizar la corrupción interna en Pemex porque no todo Pemex se reformó.

La energética fue una reforma que prometió más transparencia y mejores prácticas en el sector, sí. Fue una reforma que se vendió como un fenómeno que operaría su magia en prácticamente todos los eslabones de la cadena de valor energética —desatando fuerzas competitivas, escrutinio informativo y generación de estándares y parámetros contra los cuales se podrían medir las actividades de Pemex— también.

Pero hay que reconocer que Pemex siempre le sacó la vuelta a la reforma. Contrario a lo que se cree, adentro de Pemex hay más espacios sin reformar que reformados. Enfocándonos solamente en exploración y producción, lo que Pemex opera bajo los nuevos contratos posreforma es insignificante si lo comparamos con sus cientos de asignaciones bajo modelo el modelo prerreforma. Sus contratos de joint venture con otros operadores petroleros, producto del nuevo modelo, ni siquiera pintan a comparación de sus contratos de servicios petroleros, que han seguido modelos muy similares antes y después de la reforma. Estos últimos, de hecho, son los que desataron el escándalo.

Es desafortunado que no se haya avanzado más rápido en interconectar a Pemex con el nuevo modelo en más puntos a lo largo de toda la cadena de valor. Es igual de lamentable que no se hayan dado pasos, ni legislativos ni ejecutivos, para ponerle mayores trabas a cualquiera que pretendiera ser corrupto desde Pemex. Que yo sepa, no hay evidencia de corrupción en ningún contrato petrolero que realmente se pueda llamar del nuevo modelo. Ni en los contratos de las rondas, ni en los farmouts, ni en las migraciones, ni en la formación de consorcios se han encontrado los ecosistemas de corrupción que han hecho que sea fácil calificar la corrupción de Pemex como endémica. Que justo esta mayor integridad coincida con los espacios donde existen procesos y contrapesos mucho más allá de los internos de Pemex, justamente producto de la reforma, suena demasiado tajante para ser una coincidencia.

Estamos ante un tema central para la agenda nacional. La determinación de culpas de la corrupción petrolera, más allá de los individuos señalados, va a ser una de las decisiones colectivas de mayores consecuencias en el futuro del sector energético.  

No me refiero a la retórica. Lo de menos es la grilla comunicacional, en la que ya son evidentes los esfuerzos de cargarle los muertos de lo que no se reformó a la reforma. Lo que preocupa es que estemos deteniendo todo aquello que está avanzando con mayor limpieza, basado en una estructura de contrapesos más sólidos, y le apostemos a lo que se construyó durante décadas sobre un auténtico lodazal. Por más honestos y competentes que sean los directores de Pemex y los funcionarios energéticos de esta camada, la historia nos sugiere que eventualmente llegarán otros que no lo serán.

Sin duda es tentador partir las cosas discursivamente en pre y en posrreforma, como si esa fuera la variable relevante para entender. Pero es una conversación engañosa. Nos llevará a seguir desprotegidos, completamente vulnerables a la corrupción que por mucho tiempo ha lastimado a Pemex y los mexicanos.

 

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