¿Partidos políticos o políticos partidos? / En la opinión de Diego Guerrero

Por Diego Guerrero

 

Nuestro sistema político se define en la Constitución como republicano, federal, representativo y demócrata.

 

Existen dos elementos fundamentales para que el mecanismo político-institucional que sugiere la Carta Magna funcione a cabalidad: un sistema de partidos y otro electoral. Pero son principalmente los partidos políticos la piedra angular de la construcción de nuestra democracia. En estas entidades de interés público recae la gran responsabilidad de encausar las voces populares.

 

Todos los rostros de México, tan plurales como complejos, reclaman un formato de partidos igualmente plural y complejo. En ese sentido, los partidos políticos funcionan como conductos naturales para dar cauce a izquierdas y derechas, a diagnósticos y propuestas distintas, a sensibilidades y reclamos diversos, a preocupaciones y programas contradictorios.

 

Sin partidos fuertes y plurales, no serían posibles, por ejemplo, las elecciones competidas, los fenómenos de alternancia o los límites al Ejecutivo; todo ello desde la trinchera de la oposición.

 

Considero que México ha avanzado notablemente en la materia; nuestra democracia e instituciones se fortalecen cada día más, pero la situación no deja de ser insatisfactoria.

 

El detalle preocupante está en que, como ha dicho José Woldenberg, de la calidad de nuestros partidos políticos y medios de comunicación dependerá en buena medida la calidad de nuestra democracia. Escribí preocupante porque últimamente —tal vez sea un eufemismo decir últimamente— ni los partidos políticos ni los medios de comunicación han dado muestras de una calidad depurada. Los primeros se pasean en la descalificación sin buscar el diálogo; los segundos le hacen el caldo gordo a los primeros y no asumen una postura auténticamente neutral y crítica frente a las incongruencias del sistema político en general.

 

Parece que en estos tiempos —lógicamente por cuestiones electorales— ningún partido enarbola las ideologías que en algún momento los volvió opción viable. La oposición es muy tenue y puede confundirse fácilmente con el gobierno en el poder. A los partidos parece ya no importarles las voces populares que alguna vez les dieron vida. No buscan consensos en las Cámaras. Son mezquinos, oportunistas e insensibles. Y sumémosle que la vía independiente aún no significa el contrapeso necesario para revitalizar y reivindicar nuestro sistema político-electoral. ¿Entonces cuál es la alternativa?

 

No se equivocaba Jorge Ibargüengoitia cuando decía que no hay que dejarse llevar por partidos, porque en todos los partidos hay imbéciles. Hay que elegir las personas. Al mismo tiempo, las elecciones no son carreras de caballos. No se trata de apostarle al ganador, sino de apoyar a la persona con quien el votante está más de acuerdo.

 

El equilibrio de fuerzas políticas en un fenómeno saludable. Un Estado sin oposición o con una oposición medianita, incapaz de producir una resolución contraria a las disposiciones del partido en el poder, incapaz de proponer con inteligencia, es un órgano inválido.

 

Me da la impresión que el sistema mexicano de partidos está caminando por un terreno fangoso, difuso, que abona al hartazgo que tiene la sociedad hacia con la política. Hoy estamos viendo, más que partidos políticos, políticos partidos.

 

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Diego Guerrero es licenciado en Comunicación y Periodismo por la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Mexicano. 22 años. Apasionado por la política y el ejercicio democrático a través del periodismo. Ha desempeñado toda su trayectoria profesional en Grupo Imagen. Twitter: @GO_DIEGOH

 

Las opiniones emitidas en esta columna son responsabilidad de quien la escribe y no reflejan necesariamente la línea editorial de este medio.

 

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