“Los hambrientos”: zombis humanos/ En la opinión de Luciano Campos

Por Luciano Campos/ Apro/ MX Político

 Todo en Los hambrientos (Les affamés, 2017) es un misterio: no se sabe qué provocó el apocalipsis, ni cuál es la enfermedad que pobló el planeta de zombis.

Lo cierto es que los muertos vivientes son como los ya conocidos de la ficción, que pueden infectar a otras personas, sufren catatonia y son extremadamente agresivos.

Sin embargo, el escritor y director Robin Aubert se permite algunos cambios en el género para hacer de estos seres más humanos y más cercanos a la vida, que a la muerte.

Aunque viven para la cacería de los no contagiados, tienen una actitud de dolor, como si una conciencia remota les recordara su condición maldita. Por eso, cuando gritan, lo hacen quejándose, como si externaran un padecimiento, una demanda de auxilio que nadie atiende.

Pero, además, en este universo, los humanos son, de alguna extraña manera, más aterradores que los zombis, pues estos actúan por un instinto destructivo, mientras aquellos tienen que abrirse paso a punta de bala y con armas cortantes, punzantes y contundentes para aniquilar la invasión que se observa en toda la campiña canadiense, donde transcurre la acción.

Todos los sobrevivientes son fieros. Ninguno está amedrentado por la terrible amenaza sobrenatural, que no puede ser más aterradora. Quien es mordido muere pronto y regresa como un monstruo. Lo que le queda esperar, tras la tarascada fatal, es ser asesinado por los propios amigos. Los fraticidios son abundantes y obligatorios.

La película tiene un matiz político y social, dice el director. George A. Romero, en su aterradora fábula del fin del mundo de La Noche de los muertos vivientes (Night of the living dead, 1968), parece protestar contra el racismo y hasta contra la pasividad de la mujer ante los conflictos sociales.

Ahora, Aubert hace referencia a la condición de autómatas en la que ya se encuentran programados los seres de una sociedad dirigida por el consumo, los estímulos exteriores, la búsqueda de la satisfacción instantánea. La negación hacia esas demandas cotidianas, de una población cada vez más anhelante de gastar por placer, provoca una furia colectiva similar a la que experimentan estos seres, que avanzan descontrolados y sin destino.

Resulta inquietante el simbolismo enigmático de los objetos apilados como tótems, que concitan silenciosamente a estos seres, en una representación grotesca y primitiva del aturdimiento sedante que provoca la acumulación de bienes.

La cinta producida por Netflix está llena de sobresaltos y predomina la acción de día. Iluminada con luz natural en las escenas exteriores, abunda el gore y slasher. La violencia gráfica es tan brutal que la sangre salpica la cámara.

Pero existe, sobre toda la acción desbordada, un elemento de tristeza, pues no hay escapatoria. Los poblados son arrasados por las hordas salvajes. Algunas imágenes son poéticas. La niebla cubre el campo y revela imágenes borrosas de la amenaza que acecha del otro lado del bosque. Pero en el trasfondo de la belleza plástica se encuentra la muerte horripilante, al que parecen conducir todos los caminos.

Los hambrientos es una excelente alternativa del subgénero de zombis. Horroriza y, simultáneamente, mueve a la reflexión sobre los estímulos enajenantes a los que está expuesta la humanidad.

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Las opiniones emitidas en esta columna son responsabilidad de quien la escribe y no reflejan necesariamente la línea editorial de este medio.

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