¿López Obrador en el Punto de no Retorno? / En opinión de ​Jorge Zepeda Patterson

23/05/2020 - 12:17


Redacción MX Político.- Se necesitará otro milagro para que el presidente de México descienda del pedestal en el que él mismo y sus aduladores lo han puesto.  Andrés Manuel López Obrador no ha traicionado sus banderas, pero en más de un sentido se ha traicionado a sí mismo. Sigue siendo fiel a su obsesión de beneficiar a los pobres y combatir la corrupción, pero al llegar al poder ha dejado de lado al hombre modesto y discreto que parecía ser. O quizá simplemente traicionó al ser humano que habíamos construido en nuestra cabeza.

Supongo que hubieron muchas señales, pero a mí me produjo una opresión angustiante en el pecho observar a un Andrés Manuel sonriente y feliz, dejándose rodear por niños de primaria que cantaban un himno plagado de loas a su persona. El luchador social que yo aprecio habría tenido un ataque de pudor ante la burda exaltación del culto a la personalidad y de coraje ante la obvia manipulación de los pupilos por parte de un maestro oportunista. Pero el Andrés Manuel que se observaba en el vídeo claramente disfrutaba del momento, consciente de estar siendo filmado, en una escena que en el mejor de los casos era una mala copia del Evangelio y, en el peor de ellos, una pieza propagandística digna del regordete Kim Jong-Un de Corea del Norte.

Luego vinieron las desagradables muestras de servilismo en las mañaneras de parte de personajes salidos del periodismo de aficionados, convertidos en súbitas estrellas gracias a su disposición a madrugar y a hacer preguntas elogiosas y convenientes al soberano. “Presidente de todos los mexicanos, siervo de la nación, ¿qué opina de la declaración de los conservadores explotadores del pueblo que ayer afirmaron …? ” . Pensé que tales muestras de oportunismo y pobreza profesional serían poco a poco desahuciadas por el sentido común de un hombre que, a mi juicio, tenía una trayectoria marcada por el decoro. Pero para mi sorpresa, al pasar los días el presidente terminó dándoles prioridad en las rondas de preguntas y no perdió oportunidad de cargarlos de elogios y presumirlos como ejemplos de buen periodismo. Que califique de mala prensa a quienes le critican ya es preocupante, pero puede entenderse (que no justificarse) por la pasión política. Que considere admirables las muestras de abyección de las mañaneras, en cambio, me parece que va más allá de lo político y tiene que ver con una fractura en un hombre cuya inteligencia y sentido de dignidad estaban por encima de eso.

Tuve la oportunidad de hacer un largo perfil biográfico de López Obrador para el libro Los Suspirantes 2006 y lo profundicé y actualicé para las versiones del 2012 y el 2018. Lo que encontré fue un ser humano con virtudes y defectos, tozudo e implacable con sus principios y determinaciones, sencillo en sus planteamientos, austero, digno y honesto.

A los que profetizaban un Hugo Chávez, yo contra argumentaba recordando su experiencia como alcalde de la Ciudad de México, la cual se caracterizó por un espíritu práctico, negociador y emprendedor. En realidad mi mayor preocupación residía en la posibilidad de que al llegar al poder se dejara llevar por una actitud revanchista y punitiva en contra de los que le habían boicoteado durante su trayectoria como opositor (las televisoras, los capitanes del dinero, los ex presidentes, etc.). Pero su discurso de toma de posesión sorprendió a todos por su generosidad, su espíritu conciliador y su ánimo incluyente.

Para desgracia de muchos que votamos por Andrés Manuel y seguimos creyendo en sus banderas, ese discurso inaugural se fue debilitando con los meses. La borrachera del poder quiso otra cosa. Me hizo añorar los cuentos de hadas que tras el beso de consumación suelen terminar con el “vivieron felices”. Los libretistas no tienen que batallar con la vanidad insufrible de la ex bella durmiente, las infidelidades del príncipe azul o la anti climática y aburrida cotidianidad que termina por arruinar la luna de miel. Los cuentos felices tienen la virtud de terminar a tiempo. Los sexenios, no.

Más allá de aciertos y errores que todo ser humano comete, presidentes incluidos, me parece que algo se descompuso en el momento en que López Obrador creyó posible decir sin rubor una frase como “yo ya no me pertenezco”. No hay ninguna gloria en haber ganado la presidencia, como lo demuestran Fox o Calderón, si no va acompañado de la capacidad de provocar un cambio real y no de palabra, como hasta ahora ha sucedido. No ayuda en nada que él esté convencido de que sus frases van para el bronce y que sus textos son un regalo iluminado para la humanidad; en suma, cuando se convence de estar investido de una supuesta infalibilidad, trátese de economía, historia, ecología, política, filosofía o humanismo. La humildad convertida en motivo de presunción.

Lo que no entiende el presidente es que nada asegura nada, y que sus pares en la historia podrían terminar siendo Luis Echeverría y José López Portillo, y no Benito Juárez o Francisco I. Madero, como él cree. ¿De qué depende? De que la inseguridad pública, la pobreza o la corrupción disminuyan drásticamente. Y esas, lejos de haber mejorado en año y medio, están estancadas o van empeorando. Cada vez está más claro que no basta la buena voluntad del mandatario para que México se transforme y que se necesita el concierto de muchos actores (algunos de los cuales han sido maltratados y enajenados por el mandatario de manera gratuita). El presidente repite una y otra vez que no nos hemos dado cuenta de que “esto ya cambió”, pero no es así. Y allí están los asesinatos diarios para contradecirle, próximamente el desempleo galopante y los escándalos de corrupción de los que nos vamos enterando. Lo que cambió, y hay que reconocérselo, es la voluntad política del jefe del Estado de hacer un México más justo para los desheredados. Pero deseo no es lo mismo que realidad por el simple hecho de que él viva en Palacio.

No quisiera perder la esperanza. Era tan improbable la posibilidad de que las élites permitieran la llegada al poder de un hombre comprometido con los que menos tienen, que se trata poco menos que de un milagro (quizá de allí las actitudes mesiánicas del personaje). Se necesitará otro milagro para que el presidente descienda del pedestal en el que él mismo y sus aduladores lo han puesto. Pelearse con las mujeres, con la prensa nacional y extranjera, con los ecologistas, con los inversionistas, con la parte de su Gabinete que no es servil e incondicional, con las clases medias, con intelectuales, científicos y artistas y un creciente etcétera, puede haber sido imprescindible para producir un cambio y eliminar privilegios y distorsiones. Pero temo que muchos de esos desencuentros se originan por otra razón: la soberbia. La simple y llana convicción de creerse que es más sabio que todos los demás, y ufanarse de ello con el aplauso de su caterva de zalameros. ¿Hay posibilidad de retorno?

¿Es recuperable el estadista que lleva dentro sin que nos endilgue una supuesta superioridad moral? Y si el mejor AMLO no regresa ¿vale la pena seguir apoyándolo a pesar de sus deslices en aras de la bondad de sus banderas?


**** MESURA ****


Es cierto, tenemos un presidente atípico, provocador y más rijoso de lo que quisiéramos, usa las estadísticas a su antojo y le cuesta aceptar la crítica. Pero antes de ponerse un “chaleco México” y salir a la calle a pedir su renuncia o darle un like a los hashtags virales que vomitan en su contra, pongamos un poco las cosas en perspectiva. 

Primero, porque nada se ha roto, para decirlo rápido. A estas alturas con Ernesto Zedillo el peso se había devaluado y la economía había entrado en una debacle que obligó a Estados Unidos a un rescate tan humillante como misericordioso. El dólar y la inflación se mantienen sorprendentemente controlados y las perspectivas económicas no están para fiestas pero tampoco son alarmantes. 

No tendremos una recesión de menos 9% en el PIB como sucedió en 2009 con Calderón, ni locuras como la nacionalización de la banca con López Portillo. Por lo demás, está claro que el desempeño de la economía mexicana depende más del entorno internacional y las veleidades de la globalización que de las decisiones de su presidente. 

Rijoso o no, la enorme prudencia con la que ha llevado la relación con el intempestivo huésped de la Casa Blanca revela que en las cosas que en verdad pueden dañar a México, López Obrador es mucho más presidencial de lo que sugieren sus exabruptos y refranes desgastados. Pelear con Trump en nombre del orgullo mexicano, habría sido la vía idónea para exaltar a la masa y reforzar su popularidad en la calle. 

Sería lo esperable de un populista nacionalista e irresponsable como el que nos pintan sus adversarios en las redes sociales. Pero en el fondo AMLO no come lumbre ni comete locuras, pese a su folclórico estilo.

Vayamos a lo que en verdad importa. En cinco meses introdujo nuevas leyes en el ámbito laboral que rompen el control de las élites sindicales y constituyen un misil en contra del dañino corporativismo del viejo régimen. Una medida histórica, por donde se le vea, a la que no se atrevieron los gobiernos de “la apertura” de Fox y Calderón. 

En cinco meses redujo a diez por ciento la ordeña de los huachicoleros, un cáncer salvaje y violento que creció frente a la pasividad, si no es que con la complicidad de los gobiernos anteriores (y sí, hay detenidos, pese a que diga lo contrario la propaganda de sus adversarios). 

No sé si la Guardia Nacional sea la solución contra la inseguridad pública que va devorando región tras región de nuestro país, pero pago por ver. Lo que está claro es que no podíamos seguir por donde íbamos.

Pero, sobre todo, me parece que habrá un antes y un después con AMLO en lo que toca al dispendio y la corrupción de la clase política. La apropiación del patrimonio público como un derecho adquirido por los funcionarios ha recibido un tiro de muerte, espero. 

Muchas de las medidas de austeridad del nuevo gobierno parecen anecdóticas, incluso imprácticas y en más de un caso perjudiciales (la pérdida de talento, por ejemplo). Puede ser un exceso someter las jornadas presidenciales al caos de los aeropuertos y al desgaste de la clase turista en cabinas de avión abarrotadas, pero en conjunto, eso, los zapatos desgastados y todas las normas, usos y costumbres que se están imponiendo, entrañan un cambio radical del saqueo al que se sometía a la administración pública. 

Antes de execrar el siguiente “me canso ganso” habría que recordar los excesos faraónicos y multimillonarios de una clase que creció bajo la consigna de político pobre es un pobre político.

Cuando veo la intensidad con que se repudia en algunos círculos a López Obrador, la vehemencia biliosa que provocan los dislates y defectos del presidente, las redes de odio que se han construido en su contra, me pregunto ¿qué hay en el fondo de esta reacción? ¿Por qué antes no encontraban el aire irrespirable? Supongo que tampoco les gustaba la corrupción, el saqueo, la pasividad ante la inseguridad galopante o la frivolidad del gobierno, pero más allá del chiste inocuo por las torpezas verbales de Peña Nieto, no parecía provocar urticaria, como ahora, lo que hacía y decía el presidente.

Me parece oportuno llamar la atención sobre los desaciertos de la nueva administración, pero sería conveniente apuntar también sus aciertos; eso se traduciría en un mejor gobierno. Habría que evitar nutrir el ambiente intoxicado que provoca la eterna cantaleta unilateral de algunos medios sobre los negros del arroz de la 4T o los memes y videos de odio que circulan en la redes. Habría advertir que muchos de esos videos, pese a la calidad de producción que ostentan, son propaganda disfrazada de noticia y plagada de información falsa o distorsionada.

En suma, sugiero bajarle dos rayitas porque será una travesía larga; no hundir el barco cuando apenas va saliendo del puerto, sobre todo porque todos vamos en él.


@jorgezepedap


 

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