Hay que disfrutar el desfile / En opinión de Víctor Beltri

El rey está desnudo, pero pretende no saberlo. Prefiere no saberlo: para quien no ha dejado de estar en campaña, la realidad pierde importancia en tanto la popularidad se mantenga.

El rey está desnudo, pero prefiere no saberlo. El rey tiene otros datos, y con ellos sostiene, cada mañana, un espectáculo en el que lo mismo cuenta una historia de buenos y malos —nosotros los pobres y ustedes los ricos— que reparte apoyos en efectivo, o brinda lecciones de moral a quienes se siguen portando mal.

Una historia en la que los responsables, siempre, son otros. Las administraciones pasadas, la mafia en el poder. Los predecesores, nuestros adversarios. Los corruptos, los neoliberales, todos aquellos que pusieron las condiciones —y las siguen poniendo— para que los grandes proyectos diseñados por el líder no lleguen a buen término. Los enemigos de la patria.

Los que se quieren enriquecer, los corruptos. Los neoliberales, la mafia, los predecesores, los adversarios. Las calificadoras, el Coneval, los organismos autónomos, los que interponen los amparos y todos aquellos otros delincuentes que, inconscientes, no han entendido que el mero ejemplo del rey desnudo debería de ser suficiente para terminar con las conductas delictivas, de la misma manera en que su mera voluntad será suficiente para enfrentar la furia de los elementos. O debería de serlo.

Y ojalá que así lo sea. Popularidad no es igual a eficiencia, y el gobierno en funciones lo olvida mientras parece seguir corriendo, con las agujetas desabrochadas, por la escena geopolítica mundial. El rey está desnudo, y ya no trata de esconderlo: el rey está desnudo, y ha culpado de su desnudez a quienes le cuestionan y descalifican; el rey está desnudo y se atreve, incluso a desafiar a la naturaleza. Popularidad no es igual a eficiencia, sin duda, y un gobierno que se confía en las cifras que se procura a sí mismo, no hace sino sembrar la semilla de su propia destrucción, la semilla de la autocomplacencia. La semilla de la soberbia absoluta, la semilla del hybris. La semilla de la desmesura.

La desmesura que lleva al gobernante al enfrentamiento no sólo con quienes no le brindaron su voto —o incluso con quienes sí lo hicieron— sino con la naturaleza que se escapa a sus designios. El rey está desnudo, y sus propuestas no han sido suficientes para lograr, al menos, los resultados económicos de los predecesores que tanto ha criticado. El rey está desnudo, y el país no está mejor, o al menos tan seguro, que como lo estuvo antes; el rey está desnudo, y su desnudez no alcanza sino para presumir su propia popularidad.

El rey está desnudo, y el mundo sigue su curso aunque sus electores no lo perciban. Hoy, 16 de septiembre, se celebra un desfile incomprensible; ayer, 15, fuimos testigos de una celebración en la que no hubo sino un festejado, y unos cuantos organizadores. Una fiesta para una sola persona, un desfile que no tuvo como objetivo sino un espectador. Una fiesta inolvidable —sobre todo— cuando se recuerde, en todos sus detalles, como la primera en la que no estuvimos preparados para un terremoto como los que conmemoraremos en unos días, ni tampoco para un huracán como cuya temporada comienza en esta época. El rey está desnudo. Popularidad no es igual a eficiencia: los recursos que ha destinado para la creación de clientelas habrán de hacer falta al primer huracán, o primer terremoto, de la temporada.

No dejen de ver el desfile, por favor. Lo que está pasando en el país, en estos momentos, sin duda merecería la utilización del fondo para desastres.

 

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