22/02/2020 - 20:00

A raíz de la intención del Fiscal General de la República, Alejandro Gertz Manero de desparecer el delito de feminicidio del nuevo código penal federal, para tipificarlo como homicidio con agravantes, asociaciones, grupos de mujeres feministas, así como legisladoras han manifestado su total rechazo ante una medida que parece barbárica, o cuando menos, des-civilizatoria. Aunque Gertz Manero, ha intentado enmendar el asunto, tratando de aclarar que lo que buscan es que el delito no quede impune ante la poca profesionalización para perseguirlo, la justificación resulta insuficiente ante lo que sería, claramente, una medida regresiva e inaceptable en el ámbito de los derechos de las mujeres.

Aunque esto debiera ser obvio para todos, el asunto ha generado un debate en medios y redes que resulta preocupante en cuanto exhibe la incomprensión del fenómeno de la violencia feminicida, o un franco pensamiento misógino que aún permea en la sociedad a pesar de que como nunca antes, la violencia contra las mujeres se ha visibilizado a nivel mundial, el movimiento feminista ha adquirido gran relevancia. El término mismo “feminicidio” ha sido incorporado por las legislaciones, y los organismos internacionales, así como a los diccionarios de la lengua, lejos de su origen como tecnicismo de la teoría feminista.

La conquista cultural del pensamiento de las mujeres ha sido inmensa; en tan solo unas décadas el feminicidio fue incorporado a la lengua viva, más allá de las leyes y la academia. Esto se explica porque la palabra designa un acto de odio en razón de género que no había sido nombrado, permanecía reprimido en su significación plena en la conciencia social. Y es que el término genérico (masculino) “homicidio”, que solía usarse hasta hace muy poco tiempo para designar los asesinatos de las mujeres sin discriminar su naturaleza, desaparecía la naturaleza esencial del delito de feminicidio, es decir, una mujer que ha sido asesinada por ser mujer (y aquí habría que puntualizar que la violencia es producto de lo que el mismo sistema machista conceptualiza como “mujer”), mientras permitía “explicaciones” al hecho, que a menudo incluían la culpabilidad misma de la víctima como corresponsable de su propio asesinato. La tentativa de eliminarlo como delito es muy grave porque re-legitima el machismo como explicación a la violencia. Basta con pensar en las explicaciones tradicionales que recorren el imaginario cultural misógino; las notas rojas de diarios que sin pudor se exhiben en las esquinas, cumpliendo una función social correctiva y excrementicia: “la mató por amor”, “la mató Cupido”, “la mataron porque se lo buscó”, “la mató por andar sola en la noche”, “la mató por prostituta” y un sin fin de justificaciones sociales que borran la verdadera naturaleza de los crímenes, al tiempo que eximen a los criminales, que se vieron “obligados” a cumplir con la función masculina que el sistema machista determina para los varones como instrumentos de control de las mujeres.

Una violencia tribal y asumida como necesaria, sobre otros seres humanos considerados inferiores y que deben ser sometidos, porque tienen órganos sexuales femeninos. De esa discriminación hablamos cuando hablamos de feminicidio y de ese tamaño es el retroceso que se plantea al desaparecerlo como delito del código penal.

En ese sentido, es un atentado contra el desarrollo civilizatorio, el desarrollo del lenguaje mismo. Significa la negación de la identidad y voz pública de un grupo social que históricamente no ha sido dueño de la lengua (y las experiencias que esta cifra) ni ha tenido derecho de ciudadanía efectiva. Un lenguaje dominado por la visión masculina, que contradice el derecho fundamental que tienen las mujeres a la libertad y a la vida. Si el Estado desaparece el concepto de sus estamentos, desaparece a la víctima en su naturaleza específica y también al asesino y su motivación misógina, pero lo más importante, desaparece al acto como enfermedad social mientras re-legitima la violencia feminicida como correctivo social en la cosa pública.

Ante esto habría que decirle al Fiscal General que no, no es lo mismo un homicidio agravado, que un feminicidio, porque no designan lo mismo; que las palabras determinan la realidad, cuantimás si están en las leyes que nos gobiernan y tienen por objetivo normar nuestro comportamiento. También, habría que recordarle que fue precisamente aquí, en este país, donde el término feminicida cobró una significación brutal, en Ciudad Juárez, donde niñas y mujeres fueron asesinadas cruel e inhumanamente por el odio de asesinos, por ser mujeres y que esa tragedia no ha dejado de ocurrir, sino que ha aumentado con el paso de las décadas.

Por último, habríamos de decirle que a pesar de ello, las mujeres hemos logrado algo muy concreto y fundamental, a lo cual no estamos dispuestas a renunciar, como no estamos dispuestas a renunciar al derecho a la justicia; ni más ni menos que una llana y simple palabra: feminicidio.

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