El miedo a Elba Esther / En la opinión de Arturo Rodríguez

Por Arturo Rodríguez/ Apro

 

Ciudad de México (apro).- En 2011, cuando los partidos Revolucionario Institucional (PRI) y Nueva Alianza (Panal) anunciaron que irían en coalición a la elección presidencial del año siguiente, en el equipo de Enrique Peña Nieto se planteaba un cálculo: Elba Esther Gordillo no aportaría muchos votos, pero sí podía restar.

           

Recordaban lo que la entonces dirigente del magisterio hizo en 2006, cuando se encargó de operar con gobernadores priistas a favor del panista Felipe Calderón, desinflando a Roberto Madrazo, en cuya campaña enfrentó protestas magisteriales por todas partes.

           

La coalición con el Panal se rompió a finales de aquel 2011, aunque en los hechos se reconstruyó en febrero de 2012, muy a pesar de las fricciones y desencuentros verbales que Gordillo tuvo con Luis Videgaray, cuyo grupo terminaría enviándola a prisión apenas iniciado el sexenio, como parte de la reedición ritualística del presidencialismo priista, que con ese castigo ejemplar impuso la Reforma Educativa.

Purgada del sistema, en encierro, Gordillo debió enfrentar el despojo de su poder, las enfermedades que la aquejaban desde hacía tiempo y el duelo por la muerte de su hija, Mónica Arriola.

           

El Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE) y el Panal se doblegaron aquel ya lejano 26 de febrero de 2013, cuando sus cuadros dirigentes, reunidos en Guadalajara, supieron del amago de congelamiento de cuentas de líderes seccionales y más aprehensiones si no se sometían a lo que la Secretaría de Gobernación exigía en el hervidero que era el Palacio de Bucareli, con sus salas atestadas de gobernadores y actores relacionados con “la maestra”.

           

Pero el sojuzgamiento de Juan Díaz fue intento fallido de nuevo cacicazgo magisterial, pues la implementación de la Reforma Educativa ha elevado el malestar de su base gremial que acusa la reducción de ingresos cuando no la perdida de plazas laborales.

           

En octubre, el cálculo por aquello que el elbismo puede perjudicar se replanteó en el entorno de Enrique Peña Nieto.

 

En el Estado de México, el yerno de la profesora, Fernando González, y uno de sus leales, Rafael Ochoa Guzmán, apoyaron a Delfina Gómez, la candidata de Morena, el partido de Andrés Manuel López Obrador, quien desde 2016 anunció su apoyo a la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), sector indómito del magisterio tan incómodo para los intereses del sexenio peñista.

           

Fue en octubre también cuando Ricardo Yáñez, hermano de Francisco Yáñez, otrora poderoso agente del elbismo, comenzó a hablar en Chihuahua, provocando el escándalo de corrupción que cerró 2017 y abrió 2018, en plena precampaña presidencial.

           

En ese contexto es que se negoció la alianza del PRI con el Panal; Elba Esther Gordillo consiguió la prisión domiciliaria. Además, una serie de movimientos, entre otros, programar la renovación del comité nacional para febrero –cuando debía ser hasta octubre--, donde todo apunta a la partida de Juan Díaz, sobre quien pesa el estigma de la traición a Gordillo y a la base magisterial en la que no ha podido consolidar liderazgo.

           

En México suele decirse que en política no hay coincidencias y, por lo visto, hay un intento del agonizante peñismo por atenuar el daño. En cualquier caso, sea cual sea el resultado de la elección presidencial, el Panal y los viejos elbistas ya aseguraron el registro, algunos legisladores y una hasta hace poco inconcebible presencia en Morena, que en algo habrá de redituar.

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