El baño retórico/ En la opinión de Fabrizio Mejía

Por Fabrizio Mejía Madrid

 

La idea del candidato de Acción Nacional y del PRD, Ricardo Anaya, de comenzar su campaña presidencial hablando de un baño, me pareció por lo menos extravagante. Contó una historia de alguien que no quiere pagar el boleto de camión y se encierra en un baño. Cuando emerge, tras el recorrido de varias horas, le preguntan:

 

–¿Y no olía mal? ¿No apestaba ahí adentro?

 

–Sólo al principio –responde el evasor.

 

Acusado de corrupción, el candidato no pudo elegir una peor metáfora. Su intención, por supuesto, no era declarar: me he bañado en mierda pero sólo me molestó al principio. Pero falló miserablemente. Rodeado de pantallas y hablando-caminando, como en una presentación de una aplicación para teléfonos, la peste del baño lo cubrió todo: apestar para no pagar, pringarse como parte de la costumbre de la política, por favor no sea cerdo y tire los papeles en este cesto. De nuevo, el mensaje confuso: si algo tiene la tecnología Silicon Valley, a la que espera encarnar este candidato, es que se presenta incorpórea, impoluta y escueta. El baño de un camión es justo lo contrario.

 

Me quedé pensando en la desorientación de quienes le escribieron el discurso al candidato. Quizás el hecho de que su tesis de licenciatura sea sobre el graffiti los remitió a las paredes garabateadas de un baño. O, simplemente, no saben que la retórica es una de las narrativas de la persuasión que Aristóteles separó de la filosofía porque era una techné, es decir, una técnica. Es curioso que una campaña que se quiere presentar con la neutralidad de “lo nuevo” y sus técnicas “desinteresadas”, no se corresponda cuando se trata del manejo de figuras, pautas y tropos. Anaya cree, a fin de cuentas, que la retórica es decir lo que sea y, si acaso, es un concurso de oratoria para caer bien.

 

El primer registro de esta forma de persuasión que llamamos retórica data del 465 antes de Cristo. Estamos en la ciudad de Siracusa que se ha rebelado contra el último de una serie de tiranos y los ciudadanos acuden a una asamblea caótica, donde unos acusan a otros de robos, despojos, homicidios, traiciones. Entonces, un orador, Tisias, al que todos llamaban El Cuervo, se levanta y lo que dice tranquiliza los ánimos. Hace una introducción, ordena los acontecimientos para enlazarlos con un argumento, hace una digresión y concluye. No es que termine la discusión, sino que la ordena y crea un espacio narrativo para la argumentación de los que hablan enseguida. El hecho de que se le recuerde más por el apodo recuerda que los griegos decían que alguien “graznaba” cuando intentaba una poesía fallida.

 

La retórica, en efecto, no es poesía precisamente porque es una técnica que tiene un objetivo: persuadir. Pero hay cumbres de esta pauta como los discursos de Kennedy o de Obama y, dicen, los de Cicerón en defensa de la república romana. No en vano Isócrates defendió la retórica de la confusión con el sofisma al señalar que, si bien no buscaba las verdades eternas de la filosofía, sí trataba de encontrar una narrativa de la acción para cada oportunidad del presente. Para él, el orador ideal debía ser también un hombre virtuoso, porque las palabras tenían que ser dichas por alguien con credibilidad. Entonces, no se trataba sólo de que la argumentación estuviera bien articulada sino que importaba también quién la decía. Eso, creo, es lo que le falla, sobre todo, al candidato del PRI.

 

No es lo mismo que Kennedy diga: “Yo soy berlinés” a que lo diga Trump. No es lo mismo que Meade diga que combatirá la corrupción a que lo diga López Obrador. Para Isócrates también resultaba esencial quien escuchaba el discurso: los ciudadanos. Para él, la retórica no era –como sí es ahora para la mercadotecnia– publicitar ideas, sino formar a los que deciden en un adiestramiento para valorar la elocuencia. Ahora resulta fácil, aunque no gratis, decir que el otro es agente ruso, venezolano, narcotraficante, huachicolero, pero esa retórica del insulto no se articula con ninguna argumentación. Los escuchas que la creen no son ciudadanos en el sentido griego, sino compradores de ultrajes.

 

El discurso de Gorgias en defensa de la bella Helena es una de las piezas retóricas más logradas. Se propone exculparla de la destrucción de Troya. A la pregunta de por qué se va a Troya y con su ausencia desata la guerra, Gorgias propone varias razones posibles: el destino –que es decisión de los dioses–, la fuerza –una mujer raptada y violada no era culpable en la Antigüedad– o la seducción de las palabras. Se detiene en este último punto. ¿Qué es, entonces, la persuasión? Gorgias responde retóricamente: “Es un señor poderoso que tiene un hermoso pero invisible cuerpo. Puede detener el temor, expulsar el dolor, producir alegría y alimentar la piedad”.

 

Lo puede hacer porque nunca tenemos claridad sobre el pasado ni sobre el futuro. El presente sobre el que decidimos es confuso, por lo tanto estamos sujetos a las opiniones de qué hacer y no. Pero, en defensa de Helena, Gorgias hace equivalente la persuasión que sobre ella ejerció Paris con la inocencia de quien escucha:

 

El efecto de un discurso sobre la condición del espíritu es comparable al poder de los fármacos sobre los cuerpos. Pues, lo mismo que distintos fármacos provocan distintas secreciones del cuerpo y algunos acaban con la enfermedad y otros con la vida, así también en el caso de los discursos, algunos angustian, otros deleitan, algunos asustan, otros envalentonan y algunos aturden y embrujan el espíritu con alguna suerte de maligna persuasión.

 

Se cubre finalmente, para lograr la exoneración de Helena, de la posibilidad de que alguien la culpe por haberse dejado llevar por el deseo. Ante esto, Gorgias argumenta: si el amor es un dios, Helena no podía resistírsele o rechazarlo porque era más poderoso. Si el amor es de origen humano, Helena no era responsable de sus actos, como nadie lo es de una enfermedad o de una afección.

 

Pero Gorgias no se queda ahí. En realidad, el tema de su discurso es la defensa de la mujer en general, no sólo de Helena. Y aquí hace canónico un motivo para hablar en público: siempre se está buscando algo mayor al tema mismo. En el caso de este discurso en defensa de Helena, es el poder de la propia retórica: si los he convencido –parece implicar Gorgias– de que a Helena la sedujeron con palabras, de igual forma ustedes han sido seducidos por los argumentos de que a Helena la sedujeron con palabras. Como en los laberintos de Borges, Gorgias nos encierra en un círculo de palabras elocuentes.

 

Hay, por supuesto, mucho de truco en la elección de las palabras para lograr un argumento. Los escritores de discursos de Kennedy (Ted Sorensen), Thatcher (Ronnie Millar), Obama (Jon Favreau) aceptaron cada uno en sus memorias que usaban equivalencias de la poesía, por ejemplo, de Ezra Pound o de T.S. Elliot y daban, de pronto, con frases que no querían decir nada pero que generaban emociones del tipo de las que usó George Bush: “Las familias donde a las alas les crecen los sueños”. Quedan ahí las hermosas palabras de Martin Luther King en su multicopiado discurso del 28 de agosto de 1963 en Washington para apoyar la nueva acta de derechos civiles de Kennedy: “Tengo un sueño”, que es una referencia bíblica al sueño de Isaías en el que “seremos capaces de labrar una piedra de esperanza en la montaña de la desesperación”. Además de que King empieza comparándose con Lincoln en Gettysburg (“a cuya sombra simbólica nos hemos encontrando”), hilvana una pieza retórica que podríamos llamar de “escatología realizada”, a través del anuncio de algo bueno que sucederá y que en la literatura bíblica se llama “kérygma”. Es el más alto motivo de la retórica, más allá de quién soy yo, qué quiero y cómo quiero conseguirlo, y quiénes son “nosotros” –todo discurso político es excluyente y divide–, está el cómo seremos. El porvenir que, como ya he repetido en esta columna antes, no es un “presente mejorado”, sino una idea de futuro transmisible de una generación a otra.

 

Pero me detengo en esa curiosa homonimia de lo escatológico en español. Por supuesto, quiere decir tanto lo que se refiere al excremento como “noticia de lo último”. La mierda y el destino final del universo se pronuncian igual, aunque no quieran decir lo mismo, sino acaso su contrario. O no. Quizás el porvenir de la Patria y el baño de un camión sean, para algunos candidatos, parte de una misma pestilencia. Sólo en ese sentido la inclusión de un baño en el inicio de una campaña presidencial podría comprarse con una “escatología realizada”. Una profecía a la sombra de un sanitario.

 

Esta columna se publicó el 8 de abril de 2018 en la edición 2162 de la revista Proceso.

 

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FOTO: ISAAC ESQUIVEL /CUARTOSCURO.COM

 

Las opiniones emitidas en esta columna son responsabilidad de quien la escribe y no reflejan necesariamente la línea editorial de este medio.

 

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