Contraplano: “Lucky”: réquiem por Harry Dean Stanton / En la opinión de Luciamo Campos

Por Luciano Campos / Apro

Los comentarios sobre el estreno de Lucky (Lucky, 2017) van aparejados, de manera permanente, con la muerte de su protagonista Harry Dean Stanton.

En el que fuera el último de sus trabajos en pantalla grande, el actor norteamericano interpreta a un hombre de 90 años (un año menos de la edad que tuvo al fallecer) que era como él: digno y activo en el atardecer de la vida.

La cinta dirigida por John Carroll Lynch es una celebración de la larguísima trayectoria de Stanton, que se fue de este mundo con las botas histriónicas puestas. Pero lo hizo en plan grande, con este papel que es como un réquiem. Toda la producción le rinde tributo permitiéndole encarnar el complejo papel de un hombre de pocas palabras envuelto en soledad.

El drama, de tono apacible y hechura modesta, tiene escasos giros y se ocupa mucho menos de la anécdota que de la interpretación magistral. El protagonista sorprende por su intuición histriónica intacta, pese a la edad, y conmueve por su humildad. Profesional hasta el fin, subordinado al papel, se exhibe semidesnudo, con la piel naturalmente afectada por la biogravedad, aunque resaltan, en los encuadres, el vigor y la vitalidad de este veterano de guerra, que no espera nada de la vida más que ver la televisión y llenar crucigramas en el café predilecto.

Lucky deja pasar la vida en un pequeño poblado rural, en el que todos se conocen. Sus recorridos diarios son rutinarios. La gente lo saluda en la calle y si bien no es popular, no carece de amigos.

Todos aquí están viejos. Los jóvenes y niños son transeúntes en la pantalla. Los adultos mayores son los dueños de la comunidad. El devenir pasa a través de sus ojos y acciones. El bar es el punto de reunión, donde interactúan y charlan. Lo que para cualquiera puede pasar como encuentros aburridos entre viejos que chochean, para ellos es la vida misma. Como lo dice uno de ellos: la amistad es fundamental alimento para el espíritu.
Los asuntos que los preocupan son variados. El viejo Howard (David Lynch), parroquiano frecuente, tiene como principal angustia encontrar una tortuga extraviada. Los dueños del sitio viven para demostrarse amor ante la clientela.
El veterano tiene un sobresalto cuando, una mañana cualquiera, se desvanece en su casa. El médico al que visita, viejo también, le dice que no tiene nada, que posee una salud de hierro, pero lo hace consciente del desenlace que se aproxima.

Entonces, Lucky emprende una inusual búsqueda interior. Este hombre que ha vivido como ateo, repentinamente, a una década de cumplir el centenario, encuentra dilemas filosóficos en todo. Los camaradas de la cantina se sorprenden por sus lúcidas reflexiones, que mueven a todos a pensar. Su lenguaje se ha sofisticado. Parece un tipo nuevo.

Lo paradójico es que su óptica cambia, pero no el entorno. Sus recorridos no varían en lo absoluto. Aunque es, mentalmente, más independiente, no lo es. Ni siquiera la liberación de su pensamiento lo mueve a obtener un beneficio en su tranquila existencia. A cierta edad, la claridad puede ser una condena.
Lucky es una excelente nota final para una brillante carrera en el cine.
Con esta cinta, el mundo recordará a Harry Dean Stanton cantando a capela, con voz cascada y en español: “Y volver, volver, volveeer…”.

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Las opiniones emitidas en esta columna son responsabilidad de quien la escribe y no reflejan necesariamente la línea editorial de este medio.

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