22/02/2020 - 16:00

Redacción MX Político.- En el año 2007, el ensayista e investigador libanés Nassim Nicholas Taleb publicó un interesantísimo libro que trataba el concepto del azar. Hasta ahí nada nuevo. Lo realmente extraordinario del libro es que explicaba el azar usando la famosa expresión del poeta latino Juvenal (rara avis in terris nigroque simillima cygno, puede traducirse algo así como (“un ave rara en la tierra, y parecida a un cisne negro”). Para entenderla, habría que recordar que en la época de Juvenal todos los cisnes deben ser blancos, un cisne negro era imposible o por lo menos inexistente. Mucho tiempo después, ya en la Edad Moderna, el explorador holandés Willem de Vlamingh descubrió cisnes negros en Australia Occidental, en el río Swan, en 1697. Así, el término de Juvenal, cisne negro, se transformó para denotar que una imposibilidad contemporánea podría ser refutada más tarde. Es decir, aquello que damos por imposible, cuando existe, trastoca toda nuestra concepción del mundo.

Evidentemente, la importancia del símil radica en que muestra la fragilidad de cualquier sistema de pensamiento. No obstante, la interpretación de Taleb es más jugosa que una simple metáfora.

Veamos, si en 1935 nos hubiesen dicho que una sola bomba podría tener la capacidad de destruir una ciudad (o como ahora, que una bomba de Hidrógeno es capaz de hacer añicos todo el planeta) o, en 1999, que un par de aviones se estrellarían en el corazón financiero y militar de los Estados Unidos, habríamos tildado de locura esas expresiones. Pero, ya lo dice la Historia, esas expresiones no cayeron en el pozo de la irracionalidad. Al contrario, Taleb se refiere a casi todos los grandes descubrimientos científicos, hechos históricos, y logros artísticos como cisnes negros, sin dirección e inesperados, pero producto de la razón humana. Pero reconocer esto plantea una serie de problemas inesperados:

El desproporcionado papel de alto impacto, difícil de predecir, y los sucesos extraños que están fuera del ámbito de las expectativas normales de la historia, la ciencia, las finanzas y la tecnología. Esta forma de actuar no deja de ser una aceptación de un historicismo, es decir, el estudio del pasado y el conocimiento de las causas que provocaron esos acontecimientos, nos permiten conocer las leyes que determinan la historia.

El término encuentra su explicación matemática en estadística, un modelo que según Taleb es bastante limitado. Para hacer políticas públicas, por ejemplo, se toma en cuenta a la gran mayoría de la población solamente y por default se excluyen a los extremos (es decir a las minorías). Por eso surgen los movimientos inconformes, como los secesionistas. Para calcular los precios de una tasa bancaria no se incluyen el riesgo de los que siempre pagan y los que jamás lo hacen, solamente de la mayoría que se encuentra entre esos extremos. Visto así, el riesgo de un traspié bancario es bastante claro.

Los sesgos psicológicos que hacen a las personas individual y colectivamente ciegas a la incertidumbre e inconscientes a un extraño suceso.
La economía y las finanzas, como nos está costando averiguar, son sistemas dinámicos complejos, bastante propensos a los “cisnes negros”. También, como hemos visto, una vez que se presentan sus consecuencias son más dramáticas y peligrosas precisamente porque las considerábamos imposibles de suceder. La idea principal del libro, entonces, no es tratar de predecir sucesos sino construir robustez frente a las actitudes negativas que se producen y poder aprovechar las positivas. La lección va siendo un poco más clara: debemos de estar preparados para lo imposible, porque lo imposible existe y si no existe ahora puede que exista en un futuro. Los cisnes negros son así, impredecibles de atrás hacia adelante, pero una vez transcurrida la Historia cualquiera podría explicarlo fácilmente.


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