Del 68 a la 4ª T, vista en primera persona (Parte 14 de 30) / En opinión de José René Rivas Ontiveros

El 68 mexicano en general y el 2 de octubre y el 10 de junio de 1971 en lo particular acabaron de desnudar, deslegitimar y exhibir al priismo como lo que realmente era y había sido siempre:

Un régimen profundamente antidemocrático, autoritario, represor e implacable en contra de todo aquel personaje o referente colectivo de mexicanos que lo cuestionara y enfrentara, tal y como históricamente había quedado demostrado durante toda la etapa posrevolucionaria inicialmente protagonizada por la alianza política coyuntural de los carrancistas con el grupo de los sonorenses para combatir a sangre y fuego a la facción revolucionaria y de izquierda representada por los caudillos populares Francisco Villa y Emiliano Zapata.

Luego de una turbulenta etapa pos-revolucionaria que se extendió desde 1915 hasta finales de los años veinte, en 1928, la nueva coalición gobernante que se aglutinaba en torno al presidente de la República y que entonces se autodenominada con el pomposo nombre de la familia revolucionaria, decidió trascender del régimen de los caudillos al de las instituciones o, mejor dicho, iniciar el proceso de institucionalización del sistema político mexicano.

Fue así como la facción finalmente triunfante de la lucha revolucionaria ahora hegemonizada por el grupo de los sonorenses formalizó la fundación de su órgano político electoral o partido de Estado, al que se le denominó Partido Nacional Revolucionario (PNR), aglutinando en su seno a todos aquellos personajes y grupos pequeños y grandes que estuvieron de acuerdo e hicieron suyos los postulados de la Revolución mexicana y quienes desde que concluyó la lucha armada de 1910-1917, venían actuando en el seno de diferentes agrupamientos regionales diseminados a lo largo y ancho de la República mexicana.

Por tal cuestión, en un principio, más que una organización partidaria única y cohesionada, el PNR resultó ser más bien un partido de partidos, una gran coalición de caudillos revolucionarios políticamente controlada por su principal ideólogo y fundador, el general Plutarco Elías Calles, quien a su vez se hacía llamar con el pomposo nombre del “jefe máximo de la revolución mexicana”.

Pero independientemente de ello, desde su aparición este nuevo órgano se convirtió de facto en un aparato político-electoral que poco a poco fue perfeccionando sus métodos y estrategias de cooptación y penetración política e ideológica, hasta convertirse en un sólido y verdadero partido de Estado cuyo objetivo nunca fue competir con otros referentes partidarios, sino para imponerse y mantener a toda costa el poder en sus manos.

Desde un principio, pues, el Partido Nacional Revolucionario fue un aparato político e ideológico con características muy similares a las que tradicionalmente adoptaban los partidos de Estado fundados y promovidos desde la cúpula del poder, en regímenes evidentemente autoritarios, existentes ya sea en países capitalistas con dictaduras militares o hasta en las repúblicas socialistas, tal y como fue el caso del otrora célebre e influyente Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS).

Una vez constituido, el Partido Nacional Revolucionario sería objeto de dos operaciones fundamentales que trajeron aparejado el cambio de nombre, siglas y la forma de hacer política en el seno de la cambiante sociedad mexicana en general. La primera de estas transformaciones fue la que tuvo lugar durante el sexenio del general Lázaro Cárdenas, cuando el citado partido pasó a ser el Partido de la Revolución Mexicana (PRM).

En su nueva situación el partido de Estado dejó de ser ya la coalición de jefes militares controlada por el general Plutarco Elías Calles, para en lo sucesivo convertirse en un órgano dependiente directamente del Presidente de la República en turno. Igualmente, a partir de entonces dicho agrupamiento estaría conformado por grandes grupos sociales organizados corporativamente en cuatro sectores básicos: obrero, campesino, popular y militar.

Esto es, por los sectores fundamentales de la sociedad mexicana de ese momento. Asimismo, con la fundación en 1939 de la Confederación de Jóvenes Mexicanos (CJM) de facto hubo un quinto sector, el juvenil, aunque con una estructura muy sinéresis.

Tras esta mutación y en forma muy diferente a lo que ocurrió durante la etapa pos cardenista, los cuatro sectores gozaron de una relativa autonomía en cuanto a su relación con el gobierno. Gracias precisamente a ello, el PRM en lo general y las organizaciones obreras y campesinas en lo particular, pudieron desarrollar una verdadera política de masas o, mejor dicho, una intensa movilización social en apoyo no solamente de sus propias reivindicaciones sociales sino también de la política nacionalista, internacionalista y anti-imperialista practicada por el gobierno del general Lázaro Cárdenas.

Por lo demás, la del Partido de la Revolución Mexicana resultó ser la etapa más activa, gloriosa y exitosa de la historia de este agrupamiento partidario y en la cual el gobierno, con el activo y decidido apoyo de los sectores obreros, campesinos, populares y juveniles, desde el principio de su sexenio logró deshacerse para siempre del llamado Maximato callista, para después impulsar un conjunto de reformas en los diferentes ámbitos de la sociedad mexicana.

Entre muchos otros, se inscriben la Reforma Agraria luego de la repartición de más de 18 millones de hectáreas a más de un millón de familias, la nacionalización de los ferrocarriles, la expropiación de la industria petrolera, la educación socialista, la creación del Instituto Politécnico Nacional y de los internados indígenas, internados para los hijos del Ejército e hijos de los trabajadores. Con éstas y muchas otras reformas en la estructura estatal quedaron sentadas las bases para un subsecuente desarrollo capitalista del país. (Continuará)

 

* Profesor e investigador de carrera en la UNAM. elpozoleunam@hotmail.com

 

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