Del 68 a la 4ª T, vista en primera persona, la nueva Universidad / En opinión de José René Rivas Ontiveros

La nueva cultura política posesentaiochera también penetró con mucha fuerza en los centros de educación media y superior más grandes e importantes de la nación o, mejor dicho, en los ámbitos en los cuales se gestó y desarrolló la rebeldía juvenil. En este sentido, luego de que concluyó el Movimiento Estudiantil y que los estudiantes movilizados retornaron a las aulas, se encontraron con una escuela completamente diferente a la que habían dejado antes de que estallara la protesta.

Así, a pesar de la fuerte represión que el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz siguió instrumentando en contra del movimiento democrático nacional, el espíritu de la rebeldía se respiraba en todos los ámbitos de los campus escolares: en las aulas, auditorios y explanadas.

En el caso muy particular de la UNAM, por ejemplo, para los años setenta ya era una verdadera universidad de masas, en la cual sus estudiantes, más que su burocracia se encontraban totalmente divorciados del Estado y su partido. Y por eso mismo, ya había dejado de ser aquélla Universidad a la que anualmente asistía el Presidente de la República en turno y parte de su gabinete a inaugurar formalmente los cursos escolares como por años lo hicieron en su respectivo sexenio Miguel Alemán, Adolfo Ruiz Cortines, Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz.

Igualmente, de su seno ya habían desaparecido totalmente las viejas organizaciones corporativas denominadas sociedades de alumnos y los agrupamientos de carácter federado como la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) y la Federación Universitaria de Sociedades de Alumnas (FUSA) creada en 1961 por el rector Ignacio Chávez y desaparecida en 1966, justamente cuando dicho rector fue derrocado por un movimiento estudiantil de la Facultad de Derecho promovido desde la Presidencia de la República.

En la explanada central de la Rectoría de la UNAM ya no estaba la gigantesca estatua del expresidente Miguel Alemán Valdés, el fundador de la Ciudad Universitaria, ya que por dos ocasiones, durante 1961 y 1966 fue dinamitada.

Por otra parte, tampoco ya no había división ni los violentos enfrentamientos entre los estudiantes universitarios y politécnicos como los había habido en el pasado con la abierta complacencia del gobierno que en gran medida hasta los alentaba y aplaudía porque políticamente le interesaba que siempre se mantuviese esa absurda y artificial división en la que ambas instituciones se disputaban la supremacía y de quiénes eran los más audaces: si los pumas o los burros, o qué colores lucían más bonitos en las vestimentas , si el azul y oro o el blanco con guinda, o cuál de las porras se escuchaba mejor en los encuentros escolares y deportivos: si el Goya universitario o el Huelum politécnico.

En las escuelas tampoco ya no habría más la elección de reinas de la belleza y la simpatía y mucho menos las célebres y denigrantes acciones porriles mejor conocidas como las novatadas de bienvenida tan comunes en años anteriores. Todo esto ya era parte de la historia que el turbulento 68 mexicano se llevó de las principales instituciones educativas del país y que fueron exactamente las mismas que protagonizaron el Movimiento Estudiantil de 1968.

En cambio lo que ahora sí había eran comunidades estudiantiles muy lastimadas, politizadas, radicalizadas y dispuestas a cuestionar absolutamente todo: desde las autoridades gubernamentales hasta las de carácter escolar, a los maestros, a los planes y programas de estudio, a los métodos de enseñanza-aprendizaje, etcétera.

En este nuevo contexto surgieron movimientos universitarios reformistas que pugnaron por la implantación en sus escuelas del cogobierno y el autogobierno; se reformaron los métodos de enseñanza-aprendizaje; se crearon nuevas carreras; se impulsaron significativamente a las ciencias sociales; se superó el miedo a la enseñanza del marxismo y se le comenzó a estudiar desde el bachillerato hasta el posgrado.

El 68 mexicano también tuvo importantes repercusiones en los medios de comunicación masiva tanto en los de carácter impreso como los electrónicos tradicionalmente controlados por el régimen priista y su partido por medio de la contratación de la publicidad emanada del Estado, así como de la censura gubernamental y, por supuesto, de la propia autocensura ejercida por los dueños, directores o concesionarios de los medios.

En el caso muy particular de los medios impresos, por cierto los más antiguos de todos ellos, puesto que datan de la época colonial, además de las clásicas formas de control, durante muchos años hubo también otra medida muy común y efectiva luego de que el gobierno monopolizó la venta del papel periódico, a través de la Productora e Importadora de Papel, Sociedad Anónima (PIPSA), organismo creado durante el sexenio del general Lázaro Cárdenas, mismo que ya desapareció en la década de los noventa.

Así, simultáneamente a la proliferación de la prensa marginal que durante muchos años fue prácticamente el único medio de expresión de las múltiples organizaciones políticas y sociales opositoras, tanto de izquierda como de derecha, después del Movimiento Estudiantil de 1968, las publicaciones comerciales que entonces conformaban la denominada “Gran Prensa”, aunque a cuenta gotas comenzaron a abrir sus páginas editoriales a las diferentes expresiones políticas e ideológicas oficialistas, de izquierda y de derecha. De esta forma, la rígida censura y autocensura tan comunes antes y sobre todo durante todo el Movimiento Estudiantil de 1968, poco a poco comenzaron a ser superadas, no tanto por la convicción, sino por la gran necesidad de sobrevivencia de los propios medios impresos.

De igual forma, desde mediados de los años setenta empezaron a surgir nuevas tribunas periodísticas de amplia circulación nacional, algunas de éstas totalmente identificadas con la nueva cultura política posesentaiochera y que por lo mismo, sistemáticamente, fueron desplazando a los viejos impresos marginales, al tiempo que también se fueron convirtiendo en los principales voceros de cuanta protesta social ha habido en las últimas décadas en México. En otras palabras, la comunicación política en el México, posterior al 68 mexicano comenzó a ser más objetiva, transparente y ajena al control gubernamental de antes.

Muy por el contrario, al cambio experimentado por los medios impresos, los de carácter electrónico como lo son la radio y ante todo la televisión pública y concesionada, la multicitada transición informativa ha sido más lenta, por no decir que ésta se ha generado a cuenta gotas, pero se ha generado.

* Profesor e investigador de carrera en la UNAM. elpozoleunam@hotmail.com

 

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