El fascismo de Trump y la cobardía de la SRE / En la opinión de Jorge Carrasco 

Por Jorge Carrasco Araizaga/ Apro

Los fascistas necesitan la crisis, el miedo, el odio y los chivos expiatorios. Como nuevos mesías prometen resolver los males sociales, y cuando no pueden, buscan culpables. 

La definición es del pensador Rob Riemen (Países Bajos, 1962), quien ha insistido en el retorno global del fascismo. En una reciente entrevista con el periódico español El País, el director del Instituto Nexus, centro dedicado a la investigación internacional y a la política de derechos humanos, no duda en que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump “tiene una mente completamente fascista”.

En su caracterización, los líderes fascistas carecen de ideas. Solo buscan el poder y son mentirosos patológicos. 

Trump, en efecto, reduce todo a Twitter; gana votos a través de la exaltación del nacionalismo; culpa a la prensa, miente, y hasta ha creado sus “hechos alternativos”.
Su jefe de gabinete, el general y excomandante del Comando Sur, John Kelly; y su procurador de justicia, Jeff Sessions, piensan como él. Son como él. 

Sessions anunció en mayo la política de “cero tolerancia” contra los inmigrantes sin papeles. Advirtió que serían tratados como delincuentes, a pesar de que carecer de visa no es un delito en Estados Unidos.

El general Kelly, el mismo que al inicio del gobierno de Trump estuvo a cargo de la construcción del muro en la frontera, ha dicho que el objetivo de esa política es “disuadir” la inmigración ilegal. 

En medio de la crítica mundial por la crisis humanitaria detonada por su gobierno, Trump insiste en que no dejará que su país “se infeste” de criminales.

Los tres son la cara de la política de separación de las familias que entran ilegalmente a Estados Unidos y que ha generado el rechazo mundial por la crueldad de procesar penalmente a sus padres mientras los menores son dispersados y encerrados en centros especiales de detención en varias partes del país.

Los menores, desde bebés hasta adolescentes de 17 años, están detenidos no sólo en la frontera con México con Texas, de donde han salido las imágenes de las jaulas donde están encerrados y las grabaciones de los agentes de la Patrulla Fronteriza burlándose del llanto de los menores.

Son más de cien centros donde la oficina encargada de Inmigración y Aduana (ICE, por sus siglas en inglés) están enviando a los menores. Tan solo en el último mes, fueron detenidos dos mil 342 niños y adolescentes. 

Los espacios están resultando insuficientes y además de que el gobierno está improvisando sitios para “edades vulnerables”, el Pentágono dice estar en condiciones de utilizar también bases militares en Texas y Arkansas.

Aunque esa crisis comenzó hace varias semanas, y entre los menores detenidos se cuentan a 21 mexicanos, el gobierno de Enrique Peña Nieto se ha limitado a “condenar”, como si fuera un país ajeno a la crisis, y a proponer acciones que sabe bien no llegarán a nada.

Es el caso de la propuesta de ir con Colombia, Ecuador y Guatemala a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), una instancia con peso en Latinoamérica, pero que no cuenta para Estados Unidos. 

Washington no reconoce la jurisdicción de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, a donde llegan las investigaciones de la CIDH por violaciones a los derechos humanos.
Trump quiere que México haga más en el trabajo sucio de detener a los migrantes de Centroamérica, de donde es la mayoría de los menores detenidos. 

A pesar de todos los maltratos a México, Peña y su secretario de Relaciones Exteriores, Luis Videgaray, solo han buscado congraciarse con el gobierno de Trump. Han disfrazado la cautela diplomática con la cobardía y la servidumbre. Cobardía para no estar en primera línea en la defensa de los derechos humanos de los niños, incluidos mexicanos. Sólo el servilismo explica la expulsión del embajador de Corea del Norte, en septiembre pasado, y el envalentonamiento contra el dictador de Venezuela.

Se podrá decir que el gobierno de Peña respondió con prontitud al elevar los aranceles a la importación de varios productos estadounidenses, en represalia a las medidas similares tomadas por Trump, empeñado en desatar una fuera comercial global. Pero la defensa de los derechos humanos de los niños no es un asunto de dinero, es de dignidad.

Con un decreto, Trump podría detener este escándalo. Pero luego vendrá otro, usando siempre a México como causa de muchos de los males de Estados Unidos, sobre todo cuando necesita votos, como en las elecciones intermedias de noviembre próximo.

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