La simulación de la democracia / En opinión de Francisco Gómez Maza

Redacción MXPolítico.- Siempre he creído, y defendido la tesis, que democracia no pasa de ser una palabra fantasiosa que utilizan las clases dominantes para controlar y manipular a los pueblos. Democracia significa gobierno del pueblo, pero, una vez que la mayoría ha elegido a un gobierno, éste ya no representa a nadie más que a sí mismo y, en base al discurso democrático, hace lo que su santa voluntad decide so pretexto que está respondiendo al mandato del pueblo. Pero, amigos, pueblo también es una palabra fantasiosa, porque es una entidad gramatical, únicamente. Nadie, ni aquí ni en Conchinchina, se agremia sólo para buscar el bien común. El ser humano nace solo, crece solo, se desarrolla solo, y muere solo aunque se hable de gremialismos, comunitarismos, comunismos. Por ello es que modelos como el capitalismo se impusieron a los modelos de economía planificada. En el fondo y en la superficie y en todos lados la primacía la tiene el egoísmo.

La democracia es un sistema en el que sus defensores argumentan que son representantes del pueblo. De nuevo, hay que ser realistas. No representan a nadie más que a sí mismos y, aunque se pelee eso de la rendición de cuentas, en la práctica la tal rendición de cuentas no significa que la gente, las personas, queden convencidas de que el gobierno, el gobernante, esté actuando para su beneficio. La incredulidad se impone porque así educaron a las personas, a los ciudadanos, los gobernantes, los partidos, con la práctica de gobernar con políticas públicas que, al final de cuentas, sólo benefician a los propios gobernantes o a grupos de interés.

Haciendo referencia al profesor Clemente Valdés Sánchez, el primer punto de referencia, para acotar lo que puede ser un concepto coherente de democracia, es distinguir claramente que el gobierno por el pueblo es algo bien diferente de los procesos electorales, en los que se elige a unos cuantos individuos, que hacen la Constitución y las leyes; las modifican cuando y como quieren; hacen lo que quieren en el gobierno; no tienen obligación de rendir cuentas de su actuación a los ciudadanos y estos no tienen forma de participar ni en la aprobación de las reglas ni en las decisiones del gobierno.

Se trata, el democrático, de los muchos sistemas políticos en que la participación de los hombres y las mujeres adultas en las cuestiones públicas se reduce al derecho de votar para elegir, entre los distintos grupos que manejan la política del país y de las regiones, a aquellos que van a someterlos y explotarlos, sin que la mayoría de los ciudadanos pueda exigirles nada ni pueda destituirlos. El hecho de que esas oligarquías hayan sido electas por los habitantes adultos de una comunidad no hace de ellas gobiernos democráticos.

Si la democracia es la participación de la población en el gobierno, una comunidad tiene un gobierno en alguna medida democrático cuando, en la aprobación de las leyes fundamentales y en las decisiones administrativas más importantes, participa de manera efectiva en algún grado, la mayoría de los adultos que viven en la comunidad.

Además, es conveniente dejar algo muy claro: el gobierno de una comunidad por un individuo, o por un pequeño grupo, no es una forma de gobierno democrática, aunque esos individuos hayan sido escogidos por la mayoría de los habitantes que tienen la edad suficiente para atribuirles buen juicio. Sostener lo contrario y decir que eso es una democracia es caer en el absurdo total, en el cual un monarca absoluto electo es una democracia y una oligarquía electa sería una democracia.

El engaño con el que unos cuantos hombres y mujeres, en los tiempos modernos, se han adueñado del poder político en muchos países, reside en que han logrado hacerles creer a sus pueblos que la democracia son las votaciones para elegir a una persona o a un grupo de individuos, para que éstos gobiernen y hagan lo que quieran.

A partir de ese engaño, los profesionales de la política, agrupados en partidos, formados algunas veces por criminales, dedican todos sus esfuerzos y una gran parte del dinero público a hacerse propaganda para llegar a las elecciones y apropiarse del poder diciendo que los procesos electorales son la democracia misma.

Pero aquí quedan estas ideas, nada nuevas: quedan para la reflexión en tiempos en que unos 30 millones de ciudadanos votaron por una opción, no tanto por simpatizar con esa opción sino porque estaban hartos del yugo que cargaban en los hombros con yuntas de bueyes.

Autor: Francisco Gómez Maza

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