El caligrafiti rebelde de Said Dokins / En la opinión de Marcos Appel

Marcos Appel / MX Político.- Said Dokins es actualmente uno de los artistas urbanos mexicanos con mayor proyección internacional.

Egresado de la carrera de artes visuales de la UNAM, Dokins se ha hecho un nombre en la escena del arte contemporáneo con su singular estilo de expresión, el cual combina elementos de la caligrafía occidental y tradicional asiática –como la japonesa, sobre la que cursó estudios– con la simbología prehispánica y el grafiti.

Su obra ha sido exhibida en galerías y museos de España, Alemania, Holanda, Bélgica, el Reino Unido o Francia; sus impresionantes murales se pueden encontrar en muchos países de Europa y Latinoamérica.

Dokins es también uno de los pocos “embajadores” del movimiento internacional Caligraffiti, que fundó el artista holandés Niels Shoe.

Además, la revista Forbes lo incorporó en diciembre de 2017 en su lista de los 50 mexicanos más creativos.

La publicación quedó fascinada en particular por dos de sus trabajos en Europa: un mural de mil 200 metros cuadrados sobre la pared de una antigua central eléctrica de Múnich; es la más grande obra de ese tipo que se haya pintado en esa ciudad.

La obra, titulada Chalchihuite, contenía poemas acerca del tiempo inspirados en la cosmogonía indígena.

El otro proyecto que cautivó a la revista fue Heliográficas de la Memoria, una instalación de formas y letras de tipo grafiti, creadas con haces de luz, que Dokins llevó a cabo junto con el fotógrafo Leonardo Luna en varias plazas públicas europeas.

Dokins comenzó a hacer grafiti en los noventa. Lo dejó un tiempo, lo retomó en 2004 y desarrolló su propia personalidad artística, que impregnó de una fuerte carga de crítica política y social. La migración, el autoritarismo, las desapariciones, la formación de ciudadanía, la identidad, la memoria histórica, los movimientos estudiantiles o la represión son algunos de los temas presentes en su trabajo.

Son memorables algunos de sus murales recientes con esos temas: uno, El orden se derrumba, que pintó en un fragmento de la frontera entre México y Estados Unidos, del lado de Mexicali, y dos más que realizó en 2015 en Londres, en conmemoración del primer aniversario de la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa. En estos últimos ordenó, en círculos concéntricos, palabras de la activista Rosario Ibarra, cuyo hijo está desaparecido desde los setenta, y que dicen: “Saldrás de cualquier lugar en cualquier parte, a recibirme y abrazarme, y recuperaré en ese abrazo todos los soles que me han robado”.

“Me interesa la potencialidad de la palabra a nivel simbólico y filosófico, pero también los espacios, el contexto y la idea de la iluminación, no en el sentido espiritual, sino en el de echar luz sobre algo; un ‘iluminismo’ de tipo crítico: vamos a descubrir cómo operan las cosas o hacer un señalamiento”, comenta Dokins en conversación con este columnista.

El mexicano, de 35 años, cerró intensamente los últimos meses del año haciendo murales en Australia (Queensland), España (Ibiza), Italia (Cerdeña), Francia (Villars Fontaine), Noruega (Stavanger), y luego en Estados Unidos (Michigan), Colombia (Bogotá y Medellín) y Ecuador (Guayaquil).

Sobre el activismo político y la transgresión social de su trabajo, Dokins considera que “fue un camino muy natural” que tomaron los artistas que, como él, empezaron a hacer grafiti de manera ilegal en los noventa.

Explica: “El acto de pintar grafiti, en todos lados y de manera ilegal era lo relevante para nosotros. En el grafiti hay un acto específico que es la suspensión de la norma de comportamiento. El grafiti se imprime en un lugar que no está hecho para eso”.

Profundiza: “Esa transgresión tenía que ver con un contradiscurso. La calle está hecha para que la gente conviva en supuesta armonía, pero para mí es un campo de batalla donde todo mundo busca algo del espacio público: desde el vendedor ambulante hasta los publicistas o los políticos”.

Dokins contó hace poco al portal colombiano de cultura alternativa Cartel Urbano una anécdota sobre su rebelde incursión al grafiti. Relató que cuando era niño se perdió en la inmensa Ciudad de México. La única forma para encontrar a sus padres fue hablarles desde una cabina telefónica que, en esa época, permitía llamadas gratuitas de hasta tres minutos. Por eso en su adolescencia le molestó mucho la suspensión de ese servicio, que siguió a la privatización de Teléfonos de México, que puso los intereses económicos sobre el bienestar social.

Dokins se puso a destruir teléfonos de tarjeta. Las rayaba y firmaba las pantallas con filosos cuchillos. “Mi hermano me dijo que lo que estaba haciendo era grafiti”, comenta al sitio.

¿Persiste el espíritu crítico que impulsó a Dokins entre los artistas urbanos? Él opina que hoy lo que motiva a muchos de ellos no proviene de una búsqueda interior, y se limita al puro gusto de pintar o a las ganas de trabajar para marcas de moda.

Metódico y dado a las explicaciones académicas, Dokins pide una hoja y dibuja una cartografía del arte urbano o street art, que divide en institucional; aquel que sólo sirve para satisfacer las tendencias de consumo de la industria cultural y que carece de sentido político, y el independiente, “que genera sus propios circuitos y diálogo crítico con la sociedad”.

Se sobrepone a esa cartografía otra, la de la forma del arte: acto o representación, abstracto o concreto, idea o territorio.

Dice Dokins: “Hay quienes están más en la contemplación y otros en el acto; que trabajan con comunidades o que generan una estética o una reflexión. Lo que yo intento hacer con mi obra es generar conexiones entre puntos específicos que puedan crear una nueva narrativa de la vida”.

–¿Cómo percibes la capacidad de crítica frente al nuevo gobierno?

“Hemos llegado a un punto de descomposición social muy fuerte. La elección de AMLO fue una contención necesaria para que la gente sintiera que aún tenemos una oportunidad de cambio: como país católico tenemos un esquema cultural basado en el sacrificio y la esperanza.

“No sé con certeza la cantidad de pactos que han ocurrido para que esto (la elección de AMLO) pudiera ocurrir, pero lo que sí sabemos es que un sistema tan corrupto como el nuestro no puede cambiar en un corto periodo.

“Eso nos pone en una situación muy peligrosa: la esperanza puede convertirse en odio, como lo vimos en Brasil (con la elección del ultraderechista Jair Bolsonaro). En México, el riesgo es que la derecha, que sigue siendo poderosa, puede revertir el intento de cambio si el gobierno es profesionalmente incapaz de gobernar. O simplemente que el régimen pueda transformarse en uno represor”.
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